miércoles, 31 de julio de 2013

La producción social de la necesidad (II): la crítica del concepto naturalista de necesidad.


Para el autor, las necesidades se imponen ante el individuo "desordenadamente", no de modo jerarquizado. Superando el paradigma material de Maslow, la sociedad de consumo desarrollado y complejizado elabora estrategias de cobertura de necesidades que de algún modo son social y mediáticamente construidas. Por otra parte, la riqueza de productividad de una comunidad cualquiera, así como su riqueza material y cultural, dan origen igualmente a la diversidad y complejidad de la riqueza heterogénea de sus necesidades. A mayor riqueza productiva y material, mayores necesidades aspiracionales.


Luis Enrique Alonso, para los Cursos de Verano de la UIMP.





Hasta [el anterior post] hemos visto un tipo de aproximación que reclama un carácter biológico para el concepto de necesidad primaria y un carácter relacional para el concepto de necesidades superiores [o secundarias], en sus varias versiones [Malinowski y Maslow]; de tal manera además que serían aquellas primeras [las de carácter especialmente fisiológico] las que tienen primacía en la acción social; y sólo una vez cubiertas éstas, o precisamente para cubrirlas, aparecen desarrollados los niveles más altos de acción individual o acción institucional. El problema, sin embargo, en la realidad se presenta justamente a la inversa: es la estructura social la que determina el orden de prioridad de las necesidades [y no son las necesidades las que estructuran el orden de la prioridad]. De tal manera que, históricamente, han sido desdeñadas, como consecuencia, las más elementales necesidades biológicas para grandes masas de individuos; y, por el contrario, han funcionado mecanismos políticos y han sido satisfechos los más refinados caprichos para élites más o menos numerosas. Además si las necesidades fundamentales (o “biológicas”, o “primarias”, o llámeselas como se quiera) sólo pueden satis­facerse a través de un mecanismo social [pongamos por ejemplo, el mercado], dejan de tener cualquier autonomía biológica para convertirse inmediatamente en necesidades sociales en sí; o, como bien dice André Gorz, en necesidades mediatizadas por lo social.



Para la mujer, resultar seductora de cara al acto sexual se antepone como necesidad 
de consumo ritual antes que el acto sexual mismo en si como necesidad primaria. 
Muchas de las necesidades son construidas socialmente mediante rituales de consumo.


El tema de las necesidades queda así profundamente replanteado: no estamos ante el resultado de un proceso “natural", sea biológico o psicológico, inherente al hombre [o la mujer] tan abstracto como inexistente; estamos ante la necesidad como una relación social. Entonces las necesidades concretas no pueden ser analizadas particularmente en cuanto que no existen necesidades ni tipos aislados de necesidades: cada sociedad tiene un sistema de necesidades propio y característico que de ningún modo puede ser deter­minante para criticar el que corresponda a otra sociedad. Este sistema de necesidades resulta, por tanto, histórico y tiene su génesis en la estructura productiva de la sociedad concreta que nos sirve de referencia: el desa­rrollo de la división del trabajo y de la productividad crea, junto con la riqueza material, también la riqueza [económica] y multiplicidad de las necesidades: pero las necesidades se reparten siempre en virtud de la división del trabajo: el lugar ocupado en el seno de la división de trabajo determina la estructura de la necesidad o, al menos, sus límites.


Siguiendo a Alonso, cada sociedad tiene un sistema de necesidades propio
 que no sirve de modelo objetivo a otras sociedades. En la imagen, "duty-free 
zone" enclavado en el área de tránsito del Aeropuerto Internacional de
 Sunan (Pionyang, North Corean). Dista mucho de parecerse a las 
mismas "duties" que disfrutan los países occidentales. 



 
Las necesidades han estado fuertemente vinculadas a la evolución 
del concepto cultural de la división del trabajo. Según Alonso, las necesidades 
se reparten siempre en virtud de la división de la producción y de los roles sociales.


Esta circunstancia se hace más evidente en el contexto de la actual sociedad industrial avanzada. En el desarrollo del capitalismo contemporáneo, abundancia y escasez -satisfac­ción y necesidad- no son dos polos contrapuestos que se anulan el uno al otro, de tal modo que el incremento del primero suprime el segundo definitivamente; ni el crecimiento tampoco es un proceso que gracias a sus efectos pueda instaurar en el ámbito del consumo los principios del liberalismo democrático dejando la desigualdad relegada a un lugar externo de su propio avance. Por el contrario el crecimiento mismo se realiza en función de la desigualdad; esta es -a la vez- su base de actuación y su resultado: la dinámica de la  producción diversificada, la renovación formal permanente y la obsolescencia planificada de los objetos no responde a ningún modelo de igualación por el consumo, sino de diferenciación y clasificación social; que, además, con cierta autonomía limitada, reproduce en el ámbito de la distribución el orden de la diferencia que arranca de la esfera de la producción. 



En el desarrollo del capitalismo contemporáneo, abundancia y escasez, satisfac­ción
 y necesidad, no son dos polos contrapuestos que se anulan el uno al otro, de tal modo 
que el incremento del primero suprime el segundo definitivamente. Ejercicio físico y 
consumo de calorías, simple muestra de contraresta, describen bien ésta idea.

 
Así la desigualdad en el acceso al consumo, que se asienta sobre fundamentos estrictamente económicos (desigualdad del poder adquirido), se encuentra además sobredimensionada por un factor simbólico que la recubre y explicita. Los productos no se analizan y difunden para satisfacer las necesidades mayoritarias; o que sean en tal caso necesarios generar para los grupos menos favorecidos de la estructura de clases. El mecanismo funciona, como era de prever, de una forma justamente inversa: los productos “nuevos" (cuyo valor de uso, en su sentido material, no tienen forzosamente que presentar ningu­na novedad) son creados, en principio, para [diferenciarse de sí mismos], convertirse en bienes superfluos que serían impensables sin su capacidad de generar un fuerte “efecto de demostración de estatus”. Por este sistema se induce a una dinámica desarraigada de la necesidad. Dinámica ésta, además, desigual que desarrolla un consumo individual a través de la utilización con fines de interés privado de la explotación intensiva de los deseos, en el más genuino sentido psicoanalítico del término deseo, esto es: "como aquello mediante lo cual se indica la existencia de una caren­cia, lo que constituye el negativo siempre presente de las primeras experiencias de satisfacción".



El vehículo de uso privado es el objeto de consumo de estatus 
por antonomasia. Su fuerte carga de contenido simbólico, material 
y sexual aproximó los contenidos teóricos psicoanalíticos a su práctica
metodológica por parte del mundo publicitario y la mercadotecnia.



Este "consumo ostentoso" y la "emulación pecuniaria" habían sido, ya en 1899, colocados por Thorstein Veblen, con una agudeza fuera de lo común, como motores orientadores de la acción social; y a nosotros nos sirve para colocar en sus justos términos el tema de la necesidad y el deseo: "En cuanto la posesión de la propiedad llega a ser la base de la estimación popular, se convierte también en requisito de esa complacencia que denominamos el propio respeto. En cual­quier comunidad donde los bienes se poseen por separado, el individuo necesita para su tranquilidad mental poseer una parte de esos bienes tan grande como la porción que tienen otros con los cuales está acostumbrando a clasificarse; y es en extremo agradable poseer algo más que éllos. Pero en cuanto una persona hace nuevas adquisiciones y se acostumbra a los nuevos niveles de riqueza resultantes de aquéllas, el nuevo nivel deja de ofrecerle una satisfacción apreciablemente mayor de la que el nivel pecuniario actual se convierta en punto de partida de un nuevo nivel de suficiencia y una nueva clasificación pecuniaria del individuo comparado con sus vecinos (...). Mientras la comparación le sea claramente desfavorable, el individuo medio, normal, vivirá en un estado de insatisfacción crónica y permanente con su lote actual..."



La comparación entre lo que se tiene y no se tiene, o lo que se disfruta o no 
se disfruta con respecto a nuestros semejantes, induce como reflejo de acción
motivacional. En la campaña de marketing de "Aston Martin" o "BMW" en el Reino 
Unido, los creativos han pretendido transmitir la idea del consumo aspiracional rezagado. 
En el loc-off de los eslóganes de ambas compañías juegan con el estímulo  de 
psicoactividad sexual motivacional de cara al producto: "Sabes que no eres el primero".




Economía Consciente y Consumo Responsable.


Todo lo que ha sucedido a nivel económico a lo largo de estos últimos años no ha sido bueno ni malo. Simplemente ha sido necesario. Al tomar un poco de perspectiva, concluimos que las crisis no son más que puntos de inflexión en nuestra larga historia de transformaciones sociales y económicas. En realidad, son el puente entre lo que somos y lo que estamos destinados a ser. Esta última crisis, por ejemplo, nos ha servido para darnos cuenta de que estamos evolucionando de forma inconsciente. A grandes rasgos, hemos creado un sistema que nos obliga a trabajar en proyectos en los que no creemos para poder comprar cosas que no necesitamos. Y encima pagando un precio alto: la progresiva deshumanización y la contaminación del medio ambiente, del que ya casi no formamos parte: como sociedad y sistema todavía no sabemos quiénes somos ni hacia dónde vamos. [...] El problema es que hemos comenzado la casa por el tejado. Nos falta lo más esencial: los pilares sobre los que sostenerla. [...] Aunque el capitalismo ha demostrado su eficacia a la hora de promover crecimiento económico, ha resultado ineficiente para fomentar bienestar en la sociedad. La inconsciencia ha consistido en querer crecer por crecer, sin considerar la finalidad y las consecuencias de dicho crecimiento. [...] Nos guste o no, estas circunstancias socioeconómicas forman parte de un proceso evolutivo del que todos somos corresponsables. Y es precisamente la asunción de esta responsabilidad personal el pilar del nuevo paradigma económico que está emergiendo. Se trata de una semilla de la que está empezando a brotar la denominada "economía consciente", cuyo objetivo es que el sistema, las empresas y los seres humanos cooperen para crear un bienestar social y económico verdaderamente eficiente y sostenible. [...] En paralelo, también está cobrando fuerza el consumo responsable y ecológico, que nos invita a comprar lo que verdaderamente necesitamos en detrimento de lo que deseamos, tratando de que con nuestras compras apoyemos a organizaciones que favorezcan la paz social y la conservación del medio ambiente. Por Borja Vilaseca, extraído de su artículo “El amanecer de otra economía” publicado por la edición salmón de "El País Negocios" en enero de 2010. Agradecimiento al autor.
 

sábado, 27 de julio de 2013

La producción social de la necesidad (I): la producción convencional.


Algunos aportes sobre la teoría sociológica-antropológica del consumo en España no se entienden sin los giros y aportaciones teóricas y metodológicas llevados a cabo por el Profesor Luis Enrique Alonso. Ofrecemos como lectura relajada de verano la versión resumida de uno de sus mejores textos. Lo hacemos en tres entregas. Esta primera hace referencia a los inicios de la teoría socioantropológica sobre la aproximación a la nociones de necesidad y consumo. 





La pre­tensión de hallar un marco naturalista objetivo y general para definir la noción básica de necesidad ha quedado definitivamente rota ante la magnífica profusión de objetos, símbolos e imágenes que la moderna sociedad postindustrial ha asociado indisolublemente al acto mismo de consumir. De tal modo que el concepto clásico de necesidad, que aparecía como el vínculo estable entre consumo y bienestar, deja de tener un carácter individual, fisiológico y autónomo, para desdibujarse en un espacio informe que amplía la problemática desde el campo “objetivo" de la necesidad hasta el subjetivo mundo del deseo y que sólo encuentra una posible vía de estudio en su contextualización histórica. Sin embargo, un análisis profundo del tema de las necesi­dades no es, ni mucho menos, ocioso. Para un buen número de autores procedentes de la economía política y la administración social el diseño de un concepto operativo de necesidad -y de su origen social- es imprescindible para fundamentar las prácticas estatales de bienestar social; y más en estos momentos cuando las más furibundas embestidas contra el denominado "Estado del Bienestar" amenazan con desproteger y hundir definitivamente en la marginalidad a sectores de la población para los cuales el tema de la necesidad no es algo que se plantee como un elegante debate teórico, sino como una sangrante y difícil realidad cotidiana. 



El consumo ha alcanzado postmodernamente toda la dimensión de su naturaleza 
social. Convertido en el residuo metafórico de la cobertura de las necesidades 
fisiológicas, se define como símbolo de estatus o de su proyección cultural. 


La presentación convencional del concepto de necesidad y su ordenación es la idea sobre la que debemos centranos. La forma habitual de presentar el tema de las necesidades ha sido introducir algún tipo de ordenación o graduación. De esta forma se suelen separar las necesidades de tipo primario (aquéllas que resultan básicas o vitales, ligadas a la supervi­vencia del individuo como un ente fisiológico), de las de tipo secundario (cuyo origen estarían socialmente inducidas). Así el antropólogo Bronislaw Malinowski, allá por los años treinta, no sólo formulaba una jerarquía de necesidades sino que hacía también de élla el elemento institucional profundo que articulaba toda sociedad. De tal modo que habría, en principio, necesidades primarias, tales como la necesidad de nutrirse o de beber; la necesidad del sueño o la necesidad de satisfacciones sexuales, etc. Y así habrá entonces a continuación necesi­dades secundarias; entre éllas se distinguen las necesidades instrumentales y las necesidades integradoras. En efecto, los hombres se agrupan, elaboran técnicas y ponían a punto procedimientos al objeto de satisfacer sus necesidades primarias; estos procesos, permitiendo la satisfacción de aquellas necesidades originan a su vez otras, las necesidades instrumentales: necesidades de promover la cooperación, de arbitrar los conflictos, de conjugar los peligros que amenazan a la comunidad etc. Estas necesidades instrumentales sus­citan al tiempo respuestas institucionales: sistemas de comunicación (lenguaje, signos), sistemas de control social (normas sanciones), sistemas simbólicos (creencias, rituales, arte, magia)... Y así el juego de mecanismos institucionales crea, de cara a la satisfacción de las necesidades instrumentales, la necesidad de mecanismos integradores más complejos: procesos de toma de decisión, legitimación de la autoridad, reglas de sucesión, etc. Nacen, por tanto, instituciones coordinadoras tales como estructuras gubernamentales, religiosas o jurídicas [para la satisfacción de necesidades socialmente desarrolladas].


Aprovisionamiento no mecanizado de pescado por parte de 
un esquimal sobre la superficie congelada del Mar de Barents.
 

Por otra parte el psicólogo norteamericano Abraham Maslow establecería una escala funcional de necesidades -muy utilizada en investigación comercial y en sociología de la empresa-, diferenciando, de entrada, un conjunto de necesidades básicas menores y superiores. Las necesida­des básicas tienen un carácter instintivo y se ordenan por sí mismas en una jerarquía perfectamente definida según un principio de potencia relativa. Esto es, la satisfacción de cualquier necesidad permite que otras más débiles que habrían sido desplazadas pasen a primer plano para presen­tar su motivación: la satisfacción de una necesidad crea otra en un proceso que no conoce fin (economía de la elección). Maslow distingue cinco grupos de necesidades básicas jerarquizadas funcionalmente, según el principio anteriormente citado, según las cuales, una necesidad de necesidades suscitará una motivación consolidada sólo cuando su nivel inmediato inferior esté saturado. De tal modo que los grupos vendrían a definirse como, en primer lugar, las necesidades fisiológicas (asociadas a la homoésta­sis o equilibrio normal y constante del organismo humano); segundo, las necesidades de seguridad o de preferencia por la pervivencia estable en el mundo; en tercer lugar, las referidas a las necesidades de posesi­vidad y amor, ligadas al deseo del individuo de establecer relaciones afectivas con su entorno humano; según Maslow, el cuarto grupo en decremento de prioridades correspondería a las necesida­des de estima personal o auto-precio, reflejo de la evaluación que la persona hace de si misma con respecto a los otros; y ya por último y definitivo, en quinto lugar, la necesidad de autodesarrollo o realización producidas por el impulso del hombre a explicitar sus potencialidades creativas. Cuanto más inferior sea la necesidad, más individualista y egoísta es el sujeto que persigue satisfacerla; sin embargo, la búsqueda y satisfacción de necesidades superiores requiere el concurso de un grupo social y, por tanto, tiene un carácter cívico y de convivencia siempre deseable.
 


En el terreno estricto del análisis económico nos encon­tramos sorprendentemente con el carácter aproblemático con el que el concepto de necesidad ha gozado en la teoría económica dominante tanto desde el utilitarismo clásico, pasando por el marginalismo neoclásico hasta en el modelo mecanicista racionalista (cons­ciente éste último del homo económicus). La necesidad es entonces la simple manifestación (bajo el comportamiento de demanda y consu­mo) de los estados mentales subjetivos del comprador; la necesidad es, en definitiva, el deseo de disponer de un bien que tiene utilidad para producir, conservar o aumentar las condiciones de vida agradables: se excluía de esta forma cualquier criterio de distinción sobre la mayor o menor necesidad objetiva de los bienes. El resultado, por tanto, fue en palabras de Galbraith "divorciar la economía de cualquier juicio sobre los bienes que le conciernen; cualquier noción sobre su necesidad u ociosidad, sobre su importancia o superficiali­dad, fue rigurosamente excluida de su campo de conocimiento". Sin embargo Keynes, con su habitual habilidad para situarse en los problemas reales y superar los juegos económicos abstractos, diferenció dos clases de necesidades hu­manas. Unas necesidades absolutas que se expresan en toda situación y por todos los individuos por una parte; y unas necesidades relativas cuya satisfacción nos elevaría por encima de nuestro prójimo, haciéndonos sentir superiores, por otra (consumo aspiracional). Si bien ese segundo tipo de necesidades -las relativas- son insa­ciables, ya que cuanto más elevado sea el nivel social general, serán también de orden más elevado las necesidades generadas, las necesidades absolutas, por el contrario podrían ser satisfechas -en caso de no existencia de cualquier catástrofe bélica o demográfica- por el aparato productivo en un tiempo no demasiado dilatado, dejando de ser el problema permanente de la raza humana. Esto es lo que condujo a una crítica de la versión naturalista del concepto de necesidad. Pero esto, con tiempo, lo trataremos en la próxima entrada.



Definir un concepto de necesidad requiere de la domestificación
de las ideas que le dan forma. Duchamp elevó a la categoría de obra
de arte un instrumento orientado a cubrir las necesidades mundanas. 
Transformó una objeto de bienestar fisiológico en uno de autorealización.
Quiso criticar la demarcación de las necesidades y la concepción del arte. 


 

Luis Enrique Alonso Benito es Licenciado y Doctor en Ciencias Económicas por la “Universidad Autónoma de Madrid (UAM)”. Desde 1984 hasta la actualidad, ejerce como profesor en el seno del Departamento de Sociología de la Facultad de CC. Económicas de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) -donde ha sido Profesor Titular de Sociología y hoy es Catedrático-; se ha encargado de impartir más de una decena de materias en el ámbito de la Sociología de la Empresa y de la Economía, dentro de los grados y postgrados de esa Facultad. Ha ejercido docencia internacional en las universidades de Southbank de Londres, París IX (Dauphine) y París I (Laboratoire “Georges Friedmann”); asímismo en la “Universidad de Xalapa” (Veracruz, México) y en la “Universidad de la República del Uruguay”. Especializado en Sociología Económica y en el Análisis e Investigación Sociológica de los Fenómenos de Acción Colectiva y Movimientos Sociales. Asímismo, ha dirigido investigaciones en el ámbito de la Unión Europea (programa Comett, DG5), acciones concertadas con la “Universidad de Cardiff” (programa British Council/Ministerio de Educación) y proyectos competitivos de la Dgicyt, entre otros. En la UAM coordina el grupo de investigación estable “Estudios sobre trabajo y ciudadanía”.

miércoles, 24 de julio de 2013

A vueltas con los idiotas.


El programa de intervención hindú de "almuerzo por escolarización" constituye sin lugar a dudas la mejor iniciativa de inclusión social de la que puede disfrutar un país como la India de cara a su propio desarrollo humano sostenible y de mercado. Ahora bien, esta medida administrativa debió ir acompañada de un correcto diseño de antropología industrial y comercial. Las consecuencias de esta falta de planificación administrativa ha dado lugar a la mayor crisis de seguridad alimentaria y epidemiológica de los últimos tiempos en la India. De nuevo, a vueltas con los idiotas.

Víctor. G. Pulido, en PR XIX, a martes día 23 de julio.


"El capital no es un mal en sí mismo. El mal radica en su mal uso". 
Mahatma Gandhi, politólogo hindú.





Así lo entendieron los modernos gobiernos de la India desde un primer momento. Las políticas sociales son apremiantes para cualquier nación que se considere democrática del mundo. Y puesto que la India, a base del crecimiento porcentual de su producto interior bruto por encima del siete por ciento interanual, empezaba por fin a reconocerse como una verdadera democracia consolidada, debía entonces apostar por su propio modelo de desarrollo social sostenible.

Por lo tanto, una de las principales iniciativas administrativas de estos nuevos programas estatales de intervención social fue implantar el modelo de almuerzo por escolarización para los más pequeños. La medida social del "programa de comedores escolares” hindúes no puede, sin más, ser actualmente lo más acertada posible para un subcontinente estatal que alberga doscientos treinta millones de deshauciados de solemnidad. El almuerzo gratuito que ofrece el gobierno permite subsistir a más de ciento veinte millones de niños en toda la India. Además, da la oportunidad de liberar de carga de mantenimiento a los escuetos recursos alimentarios domésticos de muchas familias empobrecidas: puesto que los más pequeños no comen en casa durante el mediodía, se da la salvedad de que parte de su dote nutricional diaria se procura para sus padres, abuelos o hermanos mayores. Se calcula entonces que cerca de doscientos millones de ciudadanos hindúes se benefician directa, colateralmente o en parte de esta medida socioalimentaria provista por el gobierno. Al menos, sobre el papel timbrado de las estadísticas del Estado, claro. 



Rancho escolar proporcionado en algunas poblaciones de la 
India. O como las denominan allí , cruelmente, "Happy Meals". 




El “programa de comedores escolares” en la India se inspira y disfruta de la misma naturaleza racional que permitió la emisión de los tradicionales “bonos de comidas infantiles” en EE.UU. para familias sin recursos económicos desde la histórica “Gran Depresión”. Ésta hoy tradicional transferencia fiscal para las familias americanas más necesitadas- actualmente víctima también de los recortes presupuestarios del Congreso- representó durante décadas un mecanismo de palanca keynesianista que permitió que mucha gente no pasase hambre. El resorte estabilizador ayudó además durante años de recesión o postguerra en norteamérica a articular el reflujo del consumo, el empuje de la demanda en los comercios de barrios y el  desarrollo del formato de supermercados (pregunten a “W-Mart” cómo creció tanto); y, casi de modo imperceptible, colaboró a que los niños de las familias más desfavorecidas pudieran tener una vida escolar normalizada al margen de las particularidades económicas del país o laborales de sus padres. Las transferencias fiscales de corte social “en especies” ayudó a que muchos niños estadounidenses pudieran disfrutar de una vida sana, integrada, equilibrada y en igualdad de condiciones y oportunidades entre sus semejantes en edad al margen de los condicionamientos contables domésticos. Ésto, en ciernes, es lo que pretende de algún modo la India, sin desacierto.



 Cupón alimentario -"food stamp"- emitido por la Secreraría de Estado 
de Agricultura del gobierno norteamericano en los años cincuenta. Sobre y
 bajo él, tiendas de diferentes épocas que los admitían como medio de pago.

 


Sobre la hoja de ruta de su desarrollo global, esta medida es más que favorable de cara a los intereses futuros y a corto y medio plazo de la nación hindú. Con un incremento cuasiexponencial de su renta per cápita y un crecimiento inminente vertiginoso, el gigante continental necesita proveerse de personas iniciadas en la escolarización; esto es, que sean instruidas y formadas posteriormente para contribuir a la riqueza técnica y profesional necesarias para sostener su take-off, estrechar la brecha antropomórfica entre las castas hasta hacer desaparecer su simbología ancestral y consolidar su posición global en el mundo. Luego en alguna medida, al menos en la social, el "programa de comedores escolares" es, definitivamente, la mejor idea administrativa que ha desarrollado la India desde su descolonización y la mejor inversión estatal de futuro. 
 
Hasta ahí y hasta ahora India está haciendo todo lo que un país con algo de dinero y medianamente responsable puede hacer para dar de comer y formar a sus ciudadanos más frágiles. Ahora bien, ¿qué está pasando subrepticiamente para que este exitoso modelo de inclusión social se esté cuestionando dentro de la India al tiempo que escandalizando a medio mundo?. En contra de lo que pudiera parecer, India no siente menos pasión por sus niños que cualquier otra nación que se desviva tanto por ellos como pudiera ser la neerlandesa. Seguramente la tragedia de veintitrés escolares fallecidos por intoxicación alimentaria en uno de al menos dos de los casos que han visto la luz informativa en la última semana allí no esté ayudando mucho a ver los comedores escolares como integradores del desarrollo.



Los niños configuran un importante activo afectivo en algunas sociedades como 
la holandesa, en la cual disfrutan de considerables atenciones y actividades.


El trágico fallecimiento de los niños en la bella comarca de Patna a manos de un menú escolar cocinado con aceite adulterado ha dejado emerger el descontento que toda una nación siente en relación al descontrol administrativo que percibe en todo lo relacionado con la distribución comercial de los alimentos y sus calidades. Dicho de otro modo: se transpira la ira de la población contra la corrupción política. Y tras este desafecto se oculta la importancia otorgada de un bien socioindustrial para los hindúes: la clave está en el arroz.

Gracias a la revolución verde experimentada por su agricultura en la últimas décadas, el principal alimento básico de la nación, el arroz, ha pasado de ser un nutriente que se importaba desde los vecinos países productores del sudeste asiático a convertir a la India en el segundo productor mundial de este cereal. Sin embargo, para los hindúes, el problema de fondo reside en que a pesar de ello no existe una interrelación directa entre la producción nacional bruta y su consumo interno. Los ciudadanos de la India sospechan que detrás de esta “paradoja de la producción” se ampara un codicioso mercado industrial destinado a la exportación masiva de grano y fermentación de licores, como así es; lo que ha acarreado por analogía de procesos toda una desvirtuación de la cadena de distribución alimentaria cimentada sobre la lógica del saqueo público del alimento nacional, la inseguridad de los productos básicos y la corrupción administrativa sobre el comercio y la industria. Una barrera al desarrollo económico insalvable.



Los cadáveres de algunos de los niños intoxicados son trasladados
en ambulancia al centro hopistalario de Patna al objeto de su autopsia.
La cocinera, también víctima de la intoxicación, sobrevive ingresada.



Este mercado informal sostenido por las diversas corrupciones locales, como todo mercado que se da en la India, está sensibilizando a una población social cada vez más consciente de su poder frente a sus dirigentes. Al igual que para el precio del trigo en Egipto o el billete de autobús en Brasil, el grano de arroz en la India se ha erigido como una metáfora material de la realidad que encierra fuertes significados simbólicos asociados a la identidad de la comunidad hindú y a su progreso social. Un incidente más y los políticos no confían en que el carácter tradicionalmente pacífico de sus ciudadanos no mimetice el comportamiento de otras revueltas nacionales como las protagonizadas recientemente en otras regiones en desarrollo como Turquía, Magreb o Brasil . Para una nación ya de por sí caótica, una estallido de las dimensiones sociales de un pueblo que ya sabe que no toda la comida del gobierno llega a sus bocas (y, en ocasiones, la que llega están en condiciones no objetivas para su consumo) podría producir más caos y muerte como consecuencia de revueltas y descontentos sociales. 



El pueblo hindú está adquiriendo cada vez más una conciencia vindicativa 
acompañada de un sentido crítico de democracia participativa. 
 
 
En definitiva, los políticos no saben cómo hacer frente a este planteamiento gordiano: no hay seguridad alimentaria sin seguridad distribucional (y, por supuesto, su viceversa). Los EE.UU. pudieron consolidar durante años las bases de un comercio de seguridad alimentaria sobre la estructura de un sector comercial ya maduro y acostumbrado a las regulaciones y control de trazabilidades. Los “cupones” hicieron el resto al dotar de un mayor dinamismo y embergadura a su sector de alimentación final, que intercedía además como filtro de calidades y trazabilidades. Pero en la India el sistema de distribución comercial está tan desnaturalizado que no se puede cambiar de un día para otro. Entonces,... ¿qué se puede hacer?, ¿cómo evitar que mueran más niños a manos descontraladas de los programas sociales?. 

Aportaré una observación controvetida: los niveles de corrupción sólo pueden ser combatidos por niveles más bajos, ágiles, formales y competitivos, como si de un juego de libre mercado se tratara, de corrupción. Luego una solución simple sería acudir a los estendidos mecanismos de redes de clientelismo político propio de naciones en desarrollo para crear una estructura de servicios empresariales controlada por grupos adheridos a la confianza de la alta administración. Para el caso de los comedores escolares indios podrían diseñarse concesiones administrativas a dedo relacionadas con servicios de suministro estrechamente vigilados. A través de las incipientes compañías de catering se daría lugar al control de los recursos propios alimentarios del estado transferidos a su población; de origen a destino su volumen, trazabilidad, control de calidad y distribución interna quedarían fuera de toda sospecha (o recarería de no ser así, de modo transparente sobre los responsables directos); se restaría cuota de mercado informal a los distribuidores tóxicos; sentaría las bases de un futuro sector estratégico de servicios alimenticios dentro de una economía de más de mil millones de ciudadanos; mejorarían los rendimientos y eficiencias de escalas de su producción y generaría puestos de trabajo y rendimientos fiscales mediante cuantiosas tasas de retorno... De hecho,... ya lo hicieron con Bollywood, no les resultará nada difícil ni novedoso. De este modo la corrupción instrumental administrativa haría frente a la corrupción desleal e informal, desbancándola del sistema de juegos, mecanismos y competencias del mercado en el medio plazo.


Vale, y ustedes ahora me dirán: “Con su propuesta de diseño, al final lo que nos ha quedado claro es que todo está pensado para que la pasta vaya a parar a los mismos bolsillos de siempre”. De acuerdo, no queremos éso; y, en todo caso, además, no será así eternamente (el mercado expulsará  o absorverá tarde o temprano a los operadores clientelares por su ineficiencia oligopolista). Pero al menos me reconocerán que se propiciará en el corto plazo social un equilibrio de intereses entre población y Estado, se evitará con éllo que mueran más niños inocentes y en el caso que así no sea que las responsabilidades políticas sean más vinculantes... ¿no les parece un buen trato para empezar?.

 "A mí me parece un sistema perfectamente equilibrado".



Comercio y Corrupción en La India. 

El fantástico profesor de Comercio Internacional Jagdish Bhagwati (indio, de actual nacionalidad estadounidense) escribe unos artículos de prensa interesantes sobre el tema de la corrupción en la India. Una pequeña parte de los mismos los dedica a explicar cómo el comercio (entre otros) ha sido fuente de corrupción (por lo visto, antes inexistente) en la administración de la India. En el decenio de 1950, la India tenía una administración pública y una clase política que eran la envidia del mundo. Aunque hoy parezca asombroso, la pérdida de la virtud se remonta al omnipresente “raj de los permisos”, con su imposición de licencias para importar, producir e invertir, que alcanzó proporciones colosales. Los burócratas de alto nivel no tardaron en descubrir que se podían trocar las licencias por favores, mientras que los políticos vieron en ese sistema el medio de ayudar a quienes los respaldaban con importantes contribuciones financieras. Una vez que hubo arraigado el sistema, la corrupción se filtró hacia abajo, desde los burócratas y políticos superiores, a los que se podía sobornar para que hicieran lo que no debían, hasta los burócratas de nivel inferior, que no hacían lo que debían, a no ser que recibieran sobornos. Llegó al punto que los funcionarios no facilitaban los datos de los archivos ni expedían un certificado de nacimiento o una escritura de propiedad de una finca, si no se los untaba. Antonio Gómez Gómez-Plana es profesor en la Universidad Pública de Navarra de Comercio Internacional donde imparte varias asignaturas vinculadas al comercio y a la globalización económica.

viernes, 19 de julio de 2013

¡¡ La exclusión social, idiota, la exclusión social !!.


Es evidente que una menor presupuestación pública destinada a las partidas de hospitales y centros clínicos de atención primaria por parte de una nación tiene por necesidad que vincularse al estado menos saludable de sus ciudadanos. Pero aún siendo ésto así, no nos lo han contado todo. Se oculta hábilmente por parte de los dirigentes administrativos de una u otra épocas que la falta de asignación de dotaciones económicas a o de prosperidad presupuestaria de los servicios sanitarios no hace más daño al ecosistema humano que la ausencia de voluntades administrativas orientadas a las políticas sociales incentivadas.

Víctor G. Pulido para "LinealCero". En PR XIX, a 18 de junio de 2013.







Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con 
mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada”

Nelson Mandela, ex-presidente de República Sudafricana, activista contra el "apartheid y  politólogo.  



Hace escasos meses Grecia determinó como población de riesgo epidemiológico a todos aquéllos que son profesionales del sexo; también a los drogodepedendientes, a las personas sin hogar y, supongo que por precaución, a todos los inmigrantes no regularizados. Como consecuencia, los que se incluyen bajo este tipo de epígrafes poblacionales en el país heleno, deberán personarse periódicamente al centro de salud que les sea propio o al más cercano al objeto de someterse a una rutinaria analítica. Aquéllos que manifiesten algún tipo de positivo, se les someterá a estudio, tratamiento y seguimiento o ingreso. Aquéllos que no porten la correspondiente documentación de la revisión oficial clínica, podrán ser detenidos o expulsados del país. Y, por último, aquéllos que se nieguen a someterse al control o se declaren en rebeldía, sus nombres y fotografías correrán el riesgo de ser mostradas en la webs oficiales de alertas sociosanitarias como medio de prevención. Está claro que detrás de todo ésto se impone una política de discriminación selectiva.



Un turco consuela a su pareja drogodependiente y le atiende de las 
laceraciones que se aflige bajo su estado de síndrome de abstinencia. 


¿Cómo se ha transgredido este límite del trato humano por parte de las autoridades?, ¿puede darse este caso en sociedades estatales democráticas y de derecho como pudiera ser la griega?; ¿qué ha sucedido para que se disparen todas las alarmas fitosanitarias en Atenas, Salónica o El Pireo?. Ni que decir tiene que uno de los máximos protagonistas de esta medida social "sin paliativos" ha debido ser el incremento descontrolado del sida. Así es. El número de nuevos registros de infección por VIH en el país se ha incrementado un 200% en los últimos treinta meses; por lo que en principio los nuevos contagios parecen mostrar una visión de conjunto reflejada de las estrecheces presupuestarias por las que atraviesan los centros sanitarios de prevención y tratamiento afectados por los recortes públicos. Menos atención, menos prevención. Por si no fuera suficiente, junto con el aumento del sida han adquirido en los últimos años, y en parte derivada de ésta inmunodeficiencia, un mayor repunte estadístico otros fenómenos virales; en las principales ciudades del país se dan otros contagios como los de la polio, la hepatitis, el sífilis, la tuberculosis o la malaria. Las autoridades sanitarias alegan ante este hecho que no cuentan con suficientes recursos administrativos para hacer frente al masivo número de casos virales. 

Una solución parcheada propuesta por algunos tecnócratas griegos como Adonis Yeoryiadis sería incrementar el presupuesto de prenvención de enfermedades a costa de otras partidas sociales ya escuetas por reducidas: verbigracia, educación. Desvestir un santo para lucir otro. Puesto que no es lo mismo una cosa que la otra, yo me pregunto ¿son realmente los recortes de partidas presupuestarias sanitarias las que propician que se dé un mayor aumento de las enfermedades virales?, ¿o simplemente la exclusión social incrementada derivada de los recortes de las transferencias de rentas sociales en general es lo que da rienda suelta a la enfermedad o el contagio?.



 
La malaria, una enferdad de origen subsahariano y erradicada desde 
hace décadas en el continente euroasiático, ha vuelto a recobrar carta de 
protagonismo en Grecia. La falta de vacunación es más que probable causa. 

 

Parace ser que la primera hipótesis sería la más plausible en cuanto a relevancia perceptiva. Por poner un sólo ejemplo, una reducción presupuestaria que afecte a los fondos relacionados con la dispensación gratuita de medios profilácticos destinados a hacer frente a las enfermedades relacionadas con su transmisión sexual dentro de un ámbito específico, incentiva su propagación. Por tanto, y haciendo extrapolación, es evidente que una menor presupuestación pública destinada a la partidas de hospitales y centros clínicos de atención primaria por parte de una nación tiene por necesidad que vincularse al estado menos saludable de sus ciudadanos. Al fin y al cabo los países menos desarrollados tienden a presentar resultados sanitarios de eficiencia clínica menos satisfactorios que los países tradicionalmente avanzados: no cuentan con el mismo músculo fiscal. Pero aun siendo ésto así, no nos lo han contado todo. Se oculta hábilmente por parte de los dirigentes administrativos de una u otra épocas que la falta de pulso financiero asistencial o de prosperidad presupuestaria del sistema de salud no hace menos daño al ecosistema humano que una gran ausencia de voluntades administrativas de políticas sociales incentivadas, siendo la pobreza o la exclusión social, o sus epifenómenos, el mayor factor determinante contra la salud pública y sus consecuencias. 


 
Edward Koch, demócrata recientemente fallecido, es considerado como 
uno de los mejores alcaldes de la historia de la ciudad de Nueva York. 
Supo que la mejora de la red ferrovial del metro impulsaría la riqueza de 
la ciudad. Por contra, al olvidarse de los excluídos por inmudeficiencia o 
desalojo, su ciudad sufrió durante su mandato (1978-1990) los mayores  
índices de delicuencia, pobreza, exclusión social y salubridad pública. 
    

En realidad esta ocultación (o "vendaje administrativo", siendo condescendientes con nuestras ineficientes estrategias de intervención social) fue la tónica habitual de las políticas sociales durante gran parte del transcurso de los años setenta y ochenta. Ocurrió cuando las conocidas como drogas duras golperaron con instinto de fuerza a una parte significativa de la población joven en los años de la recesión energética. El fenómeno de la penetración de su consumo se extendió con rapidez por todo occidente, muy especialmente entre las clases obreras y pauperizadas. Con el transcurrir de los años aquella cohorte de jóvenes se la conocería más tarde como la generación perdida. Pero hasta entonces tan sólo se discutiría si la exclusión social conducía a las drogas o si éstas de nuevo posteriormente desembocaban en la marginación social de sus consumidores. Daba la sensación que se trataba de una problemática individual, de la libre determinación de cada uno, no ambiental. La clase administrativa no lograba relacionar exclusión social con enfermedad. Y así llegaron los primeros años noventa y el VIH comenzó a dar muestras de su definitivo poder exterminador comenzando a hacer girar su guadaña sobre las cabezas de las clases urbanas menos favorecidas. Otra generación perdida, se dijeron nuestros analistas administrativos. Entonces quizás tampoco se debatió, una vez más, o no era el mejor momento administrativo, si las drogas (el hecho de compartir dosis autoadministradas vía intravenosa) y la libre práctica del sexo (al margen del monogámico y heterosexual) conducían la inmunodeficiencia adquirida y posteriormente, a la marginación social. Más bien parecía favorecerse la idea de un orden invertido de la cuasación frente a la oposición de los primeros estudios. Y con este debate enquistado se llegó a rozar el fin de siglo. 



 A medida que descendieron las tasas de desempleo entre 1985 y 1992,
la tasa de incidencias de contagio de VIH por contacto intravenoso 
descendió de modo paralelo. Pobreza y enfermedad van asociadas.



Tasa de población activa inversamente proporcional al número 
de infecciones por síndrome adquirido de inmunodeficiencia. 

  

Y de nuevo una vez más se repitió el patrón de análisis cuando se filtró entre las capas sociales el más silencioso, lento, invisible y meticuloso de todos los virus: el sobrepeso polisaturado de la clase trabajadora, especialmente en los países anglosajones. De la epidemia de la grasa acumulada no podría responsabilizarse a la indolencia de las políticas sociales en relación a la pobreza. Por tanto, en aquella ocasión se adujo que los trabajadores menos cualificados y semicualificados, una importante masa laboral, ayudados por el incremento de sus rentas de clase trabajadora impulsadas por el boom financiero se decantaron quizás por una excesiva ingesta de productos hipercalóricos de producción industrial; y todo ello acompañado de la falta de predisposición a una cultura nutricional equilibrada. Los riesgos cardiovasculares y los tumores cancerígenos, en efecto, se dispararon apenas en un lustro y todavía aún se debate si algunas de las clases medias y las bajas, hoy en exclusión social por desempleo, deshaucio o enfermedad, no tomaron los suficientes medios para su prevención. A día de hoy se sigue dando vueltas a la cuestión sobre si fue la propia responsabilidad sobre su alimentación y forma física la que hoy es causa de todos sus males sociales.

Lamentablemente a esta crisis ya no se le pueden regalar más orejas sordas. Esta crisis, insisto, está evidenciando supuradamente lo que la sociometría ha demostrado a base de persistencia numérica durante años de análisis longitudinal y nuestros políticos no quieren ver ni mucho menos ha querido escuchar: que la causa es el efecto y el efecto es la causa. No es la reducción de los programas de formación preventiva o sanitarios los que impulsa de algún modo a las personas a la enfermedad, sino su propia exclusión social la que propaga la escala pandémica; son las bajas rentas y en gran medida la reducción de las ayudas sociales a la manutención integradora (exclusión por desempleo o deshaucios) lo que posteriormente da fuelle en el corto y medio plazo los incrementos de gastos sanitarios y atenciones asistenciales como consecuencia de la exclusión social. Se trata, en definitiva, de la segmentación de los recursos, no de la concentración de los medios (pero esto último ya daría para otro debate a duelo bajo el sol).  




 "Precious" describe fílmicamente la bella parábola de la contrafalacia ecológica  urbana 
que relaciona enfermedad con exclusión social. Las enfermedades derivan de los niveles 
de pobreza, no de los niveles de ingresos. El mayor gasto sanitario es la desigualdad.


Cuando pareció finalmente superarse esta falacia ecológica, se evidenció por fin que gran parte de los contagios de enfermedades procedentes del consumo de drogas duras devenían, por ejemplo, no de compartir la jeringuilla (medio preventivo facilitado por los servicios sociales), sino de compartir la propia dosis de la jeringuilla (recurso compartido por el alto coste de la sustancia). El coste relativamente elevado de los preservativos pudo favorecer igualmente la propagación de las epidemias venéreas desde las capas más defavorecidas de la sociedad escalando paulatinamente hacia el resto de la estructura social. Y seguramente la confluencia de factores tales como el largo y costoso desplazamiento desde la periferia residencial de las clases trabajadoras anglosajonas hasta sus centros de trabajo, con sus horarios laborales restringidos de comida, los cometidos físicos propios de su actividad laboral que requieren de una dieta calórica y sus limitados recursos económicos a la hora de disponer de un menú equilibrado, las "variables invisibles", sean más el efecto de su cultura nutricional que la causa de sus enfermedades y la de sus familiares a cargo. Así seguramente pudo ser para el caso de los hijos de estas clases, ante la ausencia de la vigilancia constante de sus hábitos alimenticios por parte de una figura de autoridad permanente a lo largo del día. Queda claro, pues, que nivel de renta, modalidad de empleo y conducta de riesgo de salud van generalemente asociados. Así como exclusión social y fallecimiento prematuro epidemiológico. 



La obesidad mórbida y el sobrepeso fue durante lustros una epidemia socialmente 
construida y tolerada tanto por ciudadanos, como por empresas y administraciones 
públicas occidentales. Esta enfermendad se relaciona con los bajos ingresos y capas 
desfavorecidas. Sólo en la ciudad de Nueva York los costes asociados a la atención específica 
por sobrepeso alcanzan para la metrópoli la cifra de unos cuarenta millones de dólares al año.


Volviendo a Grecia y a la idea que se desea transmitir, es la pobreza y la falta de políticas sociales la que empuja al gasto sanitario hacia su avismo. No es que falten médicos, es que sobran excluidos. Lo que te ahorras de un lado, te lo gastas de otro. Por tanto si lo que se desea es recortar gastos sanitarios la mejor medida es incrementar las rentas sociales que prevengan la exclusión social y las epidemias, estimulando al tiempo el bienestar personal, el consumo y su mercado y la consecuente generación de ingresos fiscales. No es que los pobres sostengan la varita mágica de la recuperación eonómica, pero al menos salvan las cuentas sanitarias y lavan la imagen social de un país. No debemos olvidar que el recorte del gasto sanitario en corto, sólo conduce a más gasto sanitario exponencial diferido a las presupuestaciones futuras, formando una burbuja creciente de pasivo financiero para el sector sanitario público. Por otra parte, la población crónicamente afectada por enfermedades, no podrá incorporarse más tarde a la actividad económica como capital social empleable, lo que aboca de nuevo a una economía en recuperación al estrangulamiento de sus activos y el incremento de sus clases pasivas. Cuando en España ayudamos a las instituciones financieras ineficientes, lo único que estamos propiciando es el sostenimiento del sistema económico, no del social. Lo mismo ocurre para el país heleno; no se propicia el sostenimiento del bienestar de su estructura social, sino de la estructura administrativa. 



Ciudadano griego desempleado, de camino a la ciudad en búsqueda de empleo.


Grecia es por tanto un foco de infección de pobreza; la más letal, sin embargo, de todas las enfermedades. Cuando sus administraciones hablan de limitación de medios en lugar de gestión de recursos entorpecen la percepción social del problema y soslayan sus propias capacitaciones como agentes políticos. Entre tanto ruido de hemiciclos y protestas callejeras, nadie jamás ha dicho en Grecia (ni en el resto de Europa) que la pobreza y la exclusión social son el principal causante de los riesgos sociales sanitarios y epidemiológicos que sufre. Y que estos con el tiempo concurren a conflictos políticos y divisiones regionales. La exclusión social de masas en países con infraestructuras consolidadas como es el caso de Grecia impide la movilidad geográfica y la reordenación de los recursos y activos financieros por renta de trabajo y consumo; concentra los núcleos dinámicos de riqueza en pocos emplazamientos; neutraliza la circulación de capitales y la redistribución de la renta; frena el consumo general y abre en canal la brecha social; imposibilita la renovación demográfica y fragmenta los lazos de fraternidad familiar; retrae el ahorro, desacelera la velocidad del dinero, incrementa la morosidad bancaria y debilita la nutrición fiscal; y, ya como ingrediene final y por si fuera poco, invita a la corrupción política e incrementa los niveles de violencia social. Por otra parte también sabemos además que, como el tabaco, "la exclusión social, mata". Recordemos, la igualdad social es el mejor remedio y antídoto contra todas las crisis. 


 
Grecia es un país formidablemente equipado en infraestructuras. Tan
sólo nececita que el dinero llegue a la gente y así reactivar la economía.

 

Profundizando en la brecha social

 
La noticia del decreto ministerial del Gobierno griego que autoriza la venta de productos caducados en los supermercados es para temblar. No solo porque atenta contra la salud alimentaria de las personas, sino también por otras cuestiones de índole ética y moral. Una medida de este tipo no es políticamente neutral. Los alimentos se componen tanto de aspectos fisiológicos-nutricionales como socioeconómicos. Por esto los Gobiernos también hacen política con la alimentación de la ciudadanía. En la época de bonanza económica, y más  específicamente tras la crisis de las vacas locas, Europa creó un complejo sistema técnico-industrial en torno a la idea de la salubridad alimentaria. Consumir alimentos caducados no solo era perjudicial para la salud, sino que proliferó el mercado de los alimentos de alta calidad. Ahora que la coyuntura económica ha cambiado también lo hace el discurso sobre lo comestible y lo no comestible. Durante la plenitud del Estado de bienestar las clases dominantes se distinguían de las medias y las pobres en temas alimentarios mediante el gusto hacia los productos caros y de calidad. Este decreto introduce una nueva dicotomía con la cual seguir profundizando en la brecha social: los que consumen alimentos de sostenibilidad pasada y los que no. Por cierto, ¡vaya ejemplo de eufemismo malintencionado!.— Ixone Fernández de Labastida, es profesora de Antropología de la UPV-EHU.



 

lunes, 8 de julio de 2013

Marx no postuló la supresión del dinero.

Marx nunca se opuso al uso del dinero, pero quién sabe si se lo replataría de vivir en estos días en los que el billete y las monedas y tarjetas de crédito se han convertido en metáfora de la dignidad. En el “mercado de la vida” ya no cuenta quién eres sino lo que gastas, el consumismo ofrece compensaciones a existencias anodinas con la posibilidad de comprar a crédito cosas innecesarias Y así formar parte de una mayoría. "LinealCero" presenta este texto, de Alberto Moncada, inédito en la red.

Alberto Moncada. 
 



“De cada uno según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. En el Manifiesto Comunista, un folleto de veintitrés páginas, Karl Marx abandona el carácter analítico de El Capital y otras obras suyas para adoptar un estilo apasionado, más apropiado para calentar los corazones de los trabajadores de su tiempo, cuya unión (“trabajadores del mundo, uníos”, rezaba el lema), debería producir la democracia verdadera, la de la mayoría. La utopía del Manifiesto... contiene muchos elementos de otras utopías, desde la antigüedad clásica a la modernas, como las de Thomas More. En este texto, Marx paga sus tributos al capitalismo, “eficaz para alcanzar un alto grado de progreso material, pero incapaz de producir esa dignidad personal, esa independencia más necesaria para el hombre que para el pan de cada día”.

Para el Marx de esta obra, el asunto es tan obvio que no podía pasar mucho tiempo sin que llegara el colapso del capitalismo, y él propone es sus textos diez principios básicos para reemplazarlo. Algunos de ellos se aplican en los hoy países más desarrollados, como sustituir el trabajo de los niños en las fábricas por su educación gratuita en las escuelas; otros son utopías ni siquiera trasladadas a los diferentes mensajes de la "Internacional Socialista"; y los relativos al poder económico diríamos que chocan muchas veces contra las urdimbres del núcleo duro capitalista, en especial con respecto a los frutos del trabajo humano, que siguen manteniendo esa desigualdad de origen determinada por los derechos de propiedad y herencia y que, sobre todo, se enuncian esencialmente en términos monetarios.



Marx no postula la supresión del dinero, pero tiene una visión restricitiva de su influencia en la vida; y, aunque no comparte la vieja doctrina eclesiástica de que el dinero, de suyo, no debe producir más dinero -la teoría medieval de la usura- estaría más que incómodo con las actuales dimensiones del sector financiero y su influencia en la economía real. El crédito es-para él- un instrumento público de desarrollo y sólo debe existir un banco central que lo otorgue, lo administre y lo controle. De esta manera -piensa-nadie puede producir daños a terceros ni catástrofes. De este mismo parecer, aunque expresado en un tono más académico, es el Profesor Galbraith quien, en su obra “El Dinero: de dónde vino, a dónde fue”, relata media docena de catástrofes y pronostica otras tantas, algunas de las cuales ya se ha producido, desde que hizo público este texto en 1975.




Que el dinero sea el único mediador en la economía y que la posición de las personas en la vida sea medida por su posesión es la sustancia de cuántas investivas éticas se producen hoy ante la última y ya bastante durarera versión de la sociedad de consumo de masas. Si examinamos las aspiraciones y las esperanzas mayoristas de la juventud, lo distinto socialmente no es quién eres ni incluso cuánto tienes, sino cuánto gastas. El gasto en lo superfluo, aquella característica de los ricos, de la “clase ociosa” de Veblen, se ha generalizado hasta ocultar incluso las carencias estructurales. La calidad del empleo disminuye, la hipoteca de la vivienda es una dura carga para las nuevas generaciones, cada día hay más distancia entre el hogar y el trabajo; sin embargo, los grandes almacenes te ofrecen quisicosas y actividades innecesarias a crédito con las que olvidar esas carencias y formar parte de la mayoría consumidora. Y el mediador en esas compensaciones es el dinero, cuya simbología es tan central en nuestra vida que oscurece otras maneras que hubo, o incluso hay, de realizar transacciones o repartir cargas y recompensas.

La economía de trueque sobrevivió muchos siglos en la historia humana. Antes de que desaparecieran los signos de mediación (metales preciosos, sobre todo), la gente intercambiaba productos y servicios. En los primeros mercados medievales más de la mitad de las transacciones se producían a través de trueques. Claro que este tipo de economía era, en muchos casos, la otra cara del endeudamiento personal, esa debilidad sustancial de campesinos y jornaleros que trabajan para el amo a cambio del sustento. El mundo mercantil, desarrollado en las ciudades donde se iban consolidando los mercados, supuso la primera brecha en el feudalismo, incluyendo la apetura de la economía monetaria a quienes antes no la disfrutaban. Sin embargo, ésta no siempre domina o explica todo lo que hacemos, ni siquiera hoy.



En los grupos pequeños, en la familia, nos prestamos servicios unos a otros sin esperar más compensación que la reciprocidad y el afecto. Muchos expertos han puesto de relieve la enorme mutación que sufriría la economía si los servicios gratuitos -o transferencias económicas- que prestan las madres, y hoy las abuelas, tuvieran que ser incluidos en la contabilidad individual o nacional, aun a precio de asistenta. La vida de los grupos pequeños, en las asociaciones amistosas, en la beneficiencia, en esa red de voluntariedad que está en el margen o en la confluecia de la economía monetaria no se entiende sin la renuncia expresa o tácita al lucro. Es una red de solidaridades que, sin embargo, está siendo objeto de los ataques de homologación por la economía capitalista, como lo prueba el movimiento de transformación de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) para hacer de ellas agencias nacionales o internacionales con un esquema de gestión y retribuciones salariales contrario a su origen.

Muchos de estos colectivos recogieron el impulso de generosidad juvenil de las congregaciones religiosas, cuyas imposiciones de disciplina y estilo de vida no casaban con los nuevos tiempos. “Para contribuir al bienestar, a la educación y a la sanidad de los países pobres no necesito ser casto ni obececer sin rechistar a los jefes como hacían los misioneros”, declara un miembro de “Médicos sin fronteras”. No obstante, las ONG, como antes las congregaciones, significan una enorme transferencia de riqueza del individio al grupo, como lo era, hasta hace muy poco tiempo, el servicio militar obligatorio.



Frankfürt se ha convertido en el epicentro europeo de las protestas
 antisistemas. Paradójico, puesto que supone la ciudad donde mayor 
convivencia de clases y armonía social se respira. El secreto reside 
en cómo parte de los beneficios financieros llegan a toda la ciudadanía.
Abajo, barrio financiero y barrio obrero comparten ecosistema urbano.   


Las sociedades van monetizando sus intercambios y hoy no existe forma de incorporarse a la globalización sin aceptar dos principios básicos: uno, que el mercado determina las recompensas individuales-sean éstas rentas de trabajo, de capital o meras actividades especulativas- y, dos, que sólo el sistema fiscal debe emplearse para remediar desigualdades y compensar carencias. Muchos se asombran de que los miembros de la élite deportiva o las estrellas de la pantalla reciban tantos miles de millones como los ejecutivos de las cien multinacionales más importantes. Es el mercado. Y, más receintemente la sociedad española se asombró de que los altos cargos de la empresa más importante del país se atribuyeran recompensas multimillonarias por el sólo hecho de serlo. Es el mercado. Es cierto que unos y otros pueden pasar de la riqueza a la bancarota o del estrellato a la miseria si no han ahorrado para los malos tiempos; y que, a veces, las grandes fortunas se disipan por la especulación o el crímen. Entre tales personajes es frecuente denostar al fisco como confiscatorio, como un atentado a sus libertades, y son capaces de cambiar de país para huir de tal mecanismo igualitario. Pero los efectos compensatorios del sistema se producen más mediante el acceso generalizado a los servicios públicos -nota fundamental de las sociedades avanzadas- que por la retribución fiscal, dada la preeminencia general de los impuestos indirectos.


 
La ingeniería financiera hace posible que de modo soslayado existan más 
desigualdades en las esfera socioeconómicas. En ocasiones olvidamos que el dinero 
es un instrumento de transacción de carácter impersonal. Las injusticias y las brechas 
las crean los sistemas políticos y sociales, no los sistemas económicos. El dinero es neutro.


Sin embargo, en los bordes y algunas zonas de la economía global existen sectores igualitarios y cooperativismo de todo tipo y finalidad. La habitantes de la sierra incaica tienen en común tantas cosas que, cuando una pareja se casa, todo el pueblo les construye la vivienda y la explotación de la tierra sigue siendo tan comunitaria como antes de llegar los europeos. El cooperativismo, en sus diversas variantes, significa también una igualdad de cargas y recompensas ante el esfuerzo compartido. Muchas subsisten dentro del tejido capitalista y el norte de España destaca por ello, siendo el caso de Mondragón el más notorio.



Las comunidades agrarias incaicas del altiplano y motañas peruanas 
intervienen colectivamente en el orden y las decisiones de su economía 
local y jerarquizan las necesidades y recompensas según las necesidades
de cada familia o miembro de su comunidad.



Pero la igualdad y, sobre todo, la iniciativa común se ponen de relieve en la economía informal, sobre todo en la latinoamericana y, en particular, la peruana. Allí, cuidades nacidas a golpe de emigración de la sierra, brotadas casi de la noche a la mañana, marginadas de servicios (aunque cuasi soberanas ante el estado), despliegan su quehacer repartiendo obligaciones y recompensas de manera plesbiscitaria. Algunos han creado desde cero no sólo sus economías, sino también su poder policial y judicial; y los funcionarios del poder central o municipal prefieren dejarlos en paz. Con el tiempo, esa economía informal va convergiendo con la legal, pero los habitantes de esos asentamientos autónomos tienen a gala permitir que, entre los suyos, no haya desigualdades. “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. El dictum de Marx, que nadie haya leído probablemente allí, se cumple con la fuerza de una tabla de la ley de bajada de los Andes a hombros de los serranos.


 Alberto Moncada


Alberto Moncada tuvo que nacer en España porque entonces no habría sociología. Estudió Sociología Económica en la Universidad de Londres. Quizás por ser unos de los padres fundadores de la sociología crítica y contempáranea española tiene a su bien ocultar su edad y su currículum. Participa desde la perspectiva democristiana independiente. Doctor en varias disciplinas (lo es en polítología y derecho por la Universidad Complutense), ha desempeñado su labor docente en las universidades de Madrid, Stanford, Lima, Internacional de la Florida y Alcalá. Consultor de UNESCO, OEA y del Consejo de Europa, es fundador y primer prorector de la “Universidad de Piura”, en Perú, actualmente ostenta la presidencia internacional de “Sociólogos Sin Fronteras”. Ha escrito una treintena de libros entre los que cabe destacar "Sociología de la Educación", "La americanización de los hispanos" y "La crisis de la pareja". Aún encuentra energías para vivir y trabajar entre España y Estados Unidos. 



 Atrapados en el PIB.

 
Que el PIB (Producto Interior Bruto, lo que producimos a nivel nacional y cuánto le sacamos en términos macromonetarios) constituye una medida limitada del bienestar económico de una sociedad es algo que conocíamos hace tiempo. Sabíamos que la fijación obsesiva en la evolución del PIB como medida compacta del progreso económico (y social) suponía una renuncia a una visión más general de los factores que mejoran o empeoran la vida de los ciudadanos. Aceptábamos su uso como un mal menor, como un instrumento limitado para aproximarnos a una realidad más compleja. En último extremo, se podía aceptar su uso siguiendo el mismo principio que guía a aquel que busca sus llaves debajo de una farola y, preguntado si las ha perdido ahí, contesta que no, pero que debajo de la farola hay luz. Sin embargo, la crisis económica y la crisis ecológica están poniendo más de manifiesto el error que supone estar atrapados en el PIB. Por una parte, la crisis económica nos ha confrontado con lo frágil que era nuestro diagnóstico del crecimiento económico, hasta 2007. El PIB crecía, sí, pero impulsado por la expansión de la burbuja inmobiliaria y los beneficios del sector financiero. El PIB crecía, en realidad, sentando las bases para la debacle posterior. Por otra parte, la crisis ecológica está haciendo evidente que la inmensa mayoría de los costes medioambientales de nuestra actividad no queda reflejada en el PIB; es más, que las intervenciones orientadas a mejorar la sostenibilidad en el medio y largo plazo tienden a reducir el PIB en el corto plazo y, por tanto, probablemente serán evitadas al establecer políticas basadas en el PIB. El contexto cambiante, en los últimos años, ha hecho también dar mayor relevancia a otra carencia importante de la medida del PIB: se trata de una medida agregada, ajena a la distribución de los recursos entre los ciudadanos. No tener en cuenta esta limitación lleva a políticas erróneas que empeoran sistemáticamente el bienestar de amplias zonas de la ciudadanía. Estamos, en suma, atrapados en una medida no sólo limitada sino, en buena medida, engañosa. Situación grave, especialmente si tenemos en cuenta que cómo medimos las cosas acaba determinando lo que hacemos. Y que, sobre todo desde el punto de vista medioambiental, cada vez tenemos menos tiempo para modificar nuestra orientación.

Jorge Calero.
Catedrático de Economía Aplicada.