sábado, 5 de diciembre de 2015

La precuela jamás contada del Volkswagen Gate (I): el preludio legislativo.



El ensayista inglés E. M. Forster llegó a decir en una ocasión sobre un producto tan comercial como las novelas y la narrativa condensada en páginas de papel que en verdad lo que movía al lector a consumir libros y seguir leyendo era su deseo irresistible "de saber, en cada historia, lo qué ocurriría a continuación", siempre a medida que ésta se iba desarrollando. En un escenario como el actual, donde en ocasiones la realidad supera a la ficción -como en el caso Volkswagen que nos mantendrá ocupado- no parece tan distinto; nos sentimos tan evolucionados y curados de sorpresas y espantos que lo que realmente motiva al espectador global -tanto desde el prisma de la historia como el de la geopolítica- a lo hora de revolverse en una historia, es saber qué ocurrió antes-la precuela. Y, sobretodo, el porqué. En este conjunto de entregas de "LinealCero" vamos a tratar de describir cómo "VW" se vio envuelto y ha terminado desembocado en el escándalo al que ligado su nombre así como las circunstancias que inspiraron su triquiñuela en el mayor y creciente escándalo de nuestra más reciente historia industrial impulsada.






¿Diría usted que Estados Unidos, en plena "Cumbre del Clima de París", se caracteriza por ser un país con una alta conciencia ecológica?. Si su respuesta es “no”, por considerarlo históricamente como uno de los países que mayores emisiones de CO2 lanzan a la atmósfera global, no estaría ni tan de cerca acertado. Los Estados Unidos, o al menos sus ciudadanos, se encuentran entre el conjunto de naciones más reconocidas por su grado de concienciación medioambiental. No todo es disfrutar del tópico de las películas donde entran en escena sus viejos cacharros pick-up contaminando el Medio-Oeste. En efecto, aunque les cueste creerlo, encerradas entre sus fronteras los americanos encuentran ciudades reconocidas mundialmente por su alto compromiso medioambiental, como Portland o San Francisco (en el top ten mundial) o Austin o Seattle, englobadas todas bajo el “Top 25th”. En los EE.UU., por citar un ejemplo pertinente a su grado de concienciación por otro lado, administrativa, no está permitido que los vehículos de combustión que trabajan con óxido de nitrógeno superen la cuota de 40 microgramos por kilómetro (en Europa esta cota de permisión se eleva a los 80 microgramos de NOx/km.) Y por lo que respecta en general a esta modalidad de diésel, la tecnología carburante más contaminante, salvo para algunos segmentos de coches europeos o de baja gama o cilindrada americana hasta hace escasas décadas era sólo empleado en los EE.UU. para maquinaria pesada agrícola o industrial. Tal es así que, a día de hoy, en el parque automovilístico norteamericano los vehículos de esta tecnología apenas rompen el techo del 5% de cuota de circulación. Estrechamente ligado a este dato, la cuota de adquisición de tecnologías de motor diésel para la primera economía industrial apenas supone el 4% de las ventas mundiales.

Por otra parte y siguiendo esta línea, si nos retrotraemos más atrás en el tiempo, se podría decir sin miedo a titubear que suya fue la primera ley de protección ecológica de Occidente, la “Clean Air Federal Act” (CAA), promulgada en 1971 mucho antes que -quizás salvo Inglaterra en parte, o Suecia en 1969- muchos países europeos como Países Bajos consolidaran la suya propia en sus legislaciones. Ésta ley, la CAA, en parte lo fue gracias a los esfuerzos llevados a cabo por el impacto que en la sociedad estadounidense provocó la publicación de una serie de artículos editados durante el verano de 1962 en el dominical “The New Yorker”. Poco tiempo después, y dada su repercusión, en 1963 apareció el texto crítico completo de su autora, Rachel Carson, compilado en formato editorial bajo el título “La Primavera Silenciosa”. 



Una de las hipótesis de Carson en sus ensayos -su posterior libro- es que no existía una estrecha correlación entre la tradición comensal de los norteamericanos -cristalizada en su deseo de establecer un diálogo con el medio ambiente- y las sucesivas políticas oficiales de su gobierno federal al respecto de la protección de sus ecosistemas. Carson elevaba este análisis al nivel de lo gubernamental global. Lo cual le llevó a una retórica ya clásica desde los atenienses: “¿realmente decidimos nosotros?”. A pesar de su pesar, la autora vio tempranamente recompensada su aflicción al ver cómo su mensaje desbordó fronteras. Su libro, de la noche a la mañana, se convirtió en todo un best seller, internacional. Y lo fue, además, de modo sorpresivo incluso para la industria: la naturaleza de un ensayo tan atípico como el suyo no podía estar convirtiéndose en auténtico icono generacional bajo el manto de una década ya de por sí empachada de fuertes referentes contraculturales. Fuera como fuere, fue a partir de este empuje y pesar de la crisis energética del 73 cuando a esta “revolución legislativa” a la que abrió camino la CAA se sumarían las diferentes normativas locales y nacionales de una costa a otra de Norteamérica. De tal modo que en 1976, muy al contrario, insistimos, que en muchos de los países europeos, los estados norteamericanos, incluido el Canadá, ya disponían de un amplio marco normativo que protegía de forma contundente –dio para dar de comer a muchos abogados- sus zonas fluviales y forestales. Y, por supuesto, para dotarlos de una agencia de protección medioambiental. En el caso de EE.UU., la Environment Protection Agency.



La Agencia medioambiental EPA llevó a cabo sus primeras iniciativas el 2 
de diciembre de 1970, tras ser aprobada por el Congreso unas semanas antes. 
En la fotografía superior, el presidente de los Estados Unidos de América, 
Richard Nixon,  firmando la "Clean Air Federal Act".

En la imagen superior, William Ruckelshaus, junto a Nixon, prestando juramento 
antes de su toma de posesión en el Senado como primer Director General de la EPA, en 
diciembre de 1970. Volvió a repetir cargo en la USEPA con Reagan en mayo de 1983, 
tras el "Gorsuch-Burford Gate". Abajo, Russell E. Train, al que más dejaron trabajar, 
tomando posesión como tercer director de la USEPA en septiembre de 1973.



Sin embargo y a pesar del avance local casi veinte años más tarde, durante la campaña electoral que daría de nuevo la presidencia a Clinton, su vicepresidente Al Gore volvió a hacerse al igual que Carson en el 62 la misma pregunta sobre la base de su dimensión internacional: ¿realmente decidimos nosotros?. Su discurso quedó plasmado en su artículo “Cómo promover y financiar un desarrollo sostenible”. Fue publicado por las principales cabeceras del mundo y constituyó una de las retóricas fundacionales sobre lo que más tarde se daría a conocer como el “Tratado de Kioto”. Su mensaje fue sincrético: los gobiernos y las multinacionales deben dar respuesta a los valores de los ciudadanos; sobre todo el consejo fue dirigido a éstas últimas, si querían participar de los réditos del consumo en el largo plazo y del beneplácito de las administraciones en el medio. Para ilustrar esta declaración de principios conciliadores, Gore solía poner como ejemplo el vehículo como medio transformación tecnológica e industrial: el motor de propulsión debía volver a constituir la vanguardia del nuevo cambio social y tecnológico del Siglo XXI tal como ya lo había sido para el XX. En efecto, ningún otro objeto de nuestra cultura material despierta tantas sinergias de transformación como el coche, ni siquiera como lo fuera el “Saturno V”.




Así fue como durante los primeros meses de la Administración Clinton tras su reelección, la “Directiva Gore” se vio fuertemente implicada por el mensaje envolvente que daba forma a su política medioambiental. En su cabeza rondaba el temor de que pudiéramos haber olvidado el mensaje de Carson. Quizás por ello o como añadido, el entonces vicepresidente de los EE.UU. quiso mantener su apuesta y su línea electoral apoyando una iniciativa internacional que se concretó en un estudio formal llevado a cabo por más de sesenta sociólogos repartidos por todo el globo. Al dirigirse a la gente, se trató de poner al trasluz la cuestión de los valores culturalmente compartidos por todas las naciones, independiente de cual fuera su sistema de producción, desarrollo económico u organización política o de creencias; y que de algún modo estos valores compartidos pudieran ser la base de legitimidad y del cambio normativo. A estos parámetros los antropólogos ya los catalogaban desde hace décadas como “universales culturales”; no obstante y a la luz de todo esto, los politólogos decidieron adoptar para definirlos bajo un mismo regazo en un término de corte postmoderno de nuevo cuño: “glocalidad”. La "glocalidad" pudo entenderse entonces como el modo en que las pequeñas acciones compartidas y compromisos del mundo de las regiones y comunidades medianas pudieran sumar sostenibilidades conjuntamente. Algo, un valor, que puede ser tanto local como al mismo tiempo global, urbi et orbi. La lógica establecida es que si existían entonces valores universalmente compartidos, no podría ser excesivamente complicado establecer una dialéctica común en torno a ellos.





Barry Commoner, científico zoólogo, profesor universitario y más tarde político activista, convulsionó al mundo casi una década después de que lo hiciera Rachel Carson cuando en 1971 publicó su libro “El círculo se cierra”. Antes de editar su obra más representativa ya se le consideraba uno de los padres fundadores de la corriente crítica ambiental establecida en EE.UU, que emergió durante el tercer cuarto del siglo XX. Sus tesis influyeron en la opinión pública y la administrativa acerca de la desaconsejable idoneidad de las pruebas nucleares, del consumo de energía y de la vital importancia de algo que hoy nos parece tan cotidiano como el reciclaje de materiales. Su trayectoria política es menos memorable que su legado intelectual, ya que se presentó como candidato independiente a las presidenciales frente a Reagan en 1980 y apenas consiguió el respaldo popular que con mejor suerte obtuvo en otras de las áreas en las que se desenvolvió. Commoner murió no hace mucho, en 2012, disfrutando durante su retiro intelectual de los frutos políticos a los que dio lugar la influencia de su pensamiento crítico. Muchos de los partidos políticos contestatarios de nueva creación emergidos de la crisis financiera de 2008 en la "eurozona", ven en él un referente politológico, muy en consonancia con otros movimientos actuales desenvueltos dentro de la izquierda norteamericana, como la línea crítica enarbolada por Noam Chomsky. 



Pero bien, en concreto, volviendo a este estudio, a los americanos se les preguntó entre otras cuestiones si seguían sintiéndose tan ecológicos como seguramente quizás lo fueran sus padres. El informe reflejó esta transmisión, de modo que de algún modo se habría fijado algún tipo de didáctica generacional, ya que cerca de un 24% de los estadounidenses adultos de finales del milenio optaban en su compra rutinaria por productos químicos respetuosos con el medio ambiente; los productores los diseñaron a medida que el consumidor civil los demandaba; sin embargo lo más relevante fue que una quinta parte de estos encuestados, poco más del 20%, manifestó ir más allá y estar fielmente comprometido con políticas institucionales de protección de la naturaleza; o que bien participaban activamente en ONG´s medioambientales; otros aseguraron aportar donativos o simpatizaban con “civic action programs or projects”. Incluso los que menos activistas se señalaban dentro de este porcentaje significativo, ese casi 4% residual, declararon frecuentar debates de base donde se departía sobre responsabilidad socioambiental colaborativa dentro de la misma empresa o sindicatos, frente a los intereses corporativos y lobbies que aún no se encontraban lo suficientemente concienciados. Las empresas automovilísticas norteamericanas, clásico ejemplo de la sociología ambiental, se encontraban entre ellos. Podría decirse, en efecto, que el mundo, o al menos “el planeta americano” tal como definiera Vicente Verdú a esta particular sociedad occidental, se estaba volviendo si no más ecológicos, al menos sí más ecosistémicos.




Sin embargo, o como consecuencia de ello, y en contra de lo que comúnmente pudiera parecer, casi un 25% es, en términos sociológicos, una cifra colosal. Estábamos ante una cifra importante. Hasta tal punto que, por qué no, y esa fue la cuestión, podría ser empleado en el tráfico comercial de las empresas o como fines, bien electorales o bien publicitarios. De tal modo que cuando los investigadores quisieron ir más allá de los datos directos -independientemente de que lo hicieran por motivaciones crematísticas o institucionales de amor a la humanidad- trasmigrando el trabajo de campo al laboratorio computacional observaron sin embargo que no todos los perfiles sociales de tan titánico parámetro respondían de la misma manera; o mejor habría que decir, con la misma intensidad. Se podría decir que la cosa iba por barrios. Esto es, completaba de alguna manera su hipótesis del "principio de universalidad". O más que por barrios por rangos de poder adquisitivo. Esto se dio especialmente cuando cruzaron los datos con variables de consumo ecológico, niveles de participación e implicación social y vinculaciones político-institucionales. En concreto con los partidos políticos, se percataron de una variable puente: hallaron en los mapas de datos correspondencias que vinculaban a los que decían consumir productos sostenibles -especialmente básicos para la vida diaria como los detergentes o las mermeladas naturales- o aseguraban tomar partido en cuestiones de medio ambiente, con un especial nicho de mercado electoral y perfil socioeconómico. Estudios posteriores sobre la variable demostraban que muchos de ellos se declaraban electores demócratas pero principalmente de rentas medias-altas. Agrupados bajo el manto de familias suburbanas de barrios residenciales o de ciudades de tamaño medio también el agregado daba cabida a jóvenes parejas babyless de grandes manzanas. Su grueso importante además disfrutaba de credenciales universitarias. Un segmento mayoritario importante de este conglomerado estadístico era de educación liberal pero profesional; de estilo de vida simple pero locos por la naturaleza, apasionados del nesting- algo así como el slow food, pero en casa y con los amigos-, de las videocámaras japonesas, por los vinos mediterráneos y por los coches nórdicos como los “Saab” o los “Volvo”. Para el mercado del automóvil había comenzado una importante base de explotación. Se configuraba como un "producto ecológico", con un target verdaderamente definido y fundamentado en un poder adquisitivo medio alto. ¿realmente sería tan sencillo?. Lo veremos en el próximo post.

El arquetipo de coche republicano hasta no hace mucho respondió de algún modo y durante algún tiempo a la iconografía del coche sueco, ecológico, pero potente; de sencillo diseño pero sin perder ese imperceptible punto de sofisticación; robustos y seguros, pero confortables. Con altas prestaciones, pero de consumos medios. Más que el sueño americano parecía adivinarse en él, el "discreto encanto del sueño paneuropeo".
















jueves, 5 de noviembre de 2015

Persiguiendo el residuo antropocéntrico de Halloween.



A Suru, mi buen amigo, en el día de su cumpleaños, la "Noche de Ánimas".





La pintura rupestre no surgió sin más como manifestación espontánea de una generación de homínidos que un día de tormenta y refugio se rebelaran contra su apatía y se dijeran a sí mismos: “Vamos a pintar las paredes”. El arte figurativo –incluso el “no figurativo”- no es algo que saliera tal que así, como de repente, para quedarse y punto. Incluso aun teniendo en cuenta a los avezados artistas del paleolítico superior, la configuración de las primeras manifestaciones pictóricas durante la edad pétrea no representa el hallazgo de un hecho histórico disruptivo para la Humanidad. Como dentro de la Historia del Arte tampoco lo fuera el Renacimiento, no hay nada que sea tan abrupto que de “la nada” emulsione. La Historia gesta un continuum, nunca un salto cualitativo. Este continuum también nos sugiere que el primigenio arte rupestre, aun siendo de contornos y figuras más simples que dieran lugar posteriormente a otras formas primitivas más figurativas, se remonta en sus vestigios, por su misma naturaleza, con anterioridad a los neandhrtales. Por tanto, no sólo además el Arte exige un desarrollo histórico de sus procesos de forma y contorno sino que incluso lo lastra sin remilgos desde cuantos milenios atrás a la aparición de esta especie. Todo sigue, como si del hombre evolutivo mismo se tratara, del hilo conductivo de un desarrollo lineal sigiloso, casi imperceptible hasta tal punto que parece dar a entender a nuestro imaginario que las figuraciones rupestres hubiesen sido siempre las mismas que vemos en los libros de texto. Sin embargo es evidente que primero fueron los puntos; milenios más cercanos a los puntos, las simples geometrías; para milenios más amplios, las representaciones. Ahora bien, si quisiéramos tirar de este hilo de la historia en la búsqueda de su origen, del origen del arte ¿dónde podría fijarse sobre la base de un calendario extendido la aparición de lo rupestre como expresión?. Simplemente, no se podría.


Por tanto, nunca se llega a atisbar el origen del arte. Como toda necesidad humana, seguramente naciera con el primer hombre. De modo soslayado esto es lo que nos viene a decir Chomsky cuando nos habla del origen del lenguaje como tal. Para Chomsky, el origen del desarrollo de los sistemas cognitivos de representación, ya sean de proceder gestual o de naturaleza simbólica - de signos,hablada o incluso escrita o "figurativa"- se encuentran entre los pliegues de nuestra masa cerebral. Es en el lóbulo temporal donde se localizan las funciones sinápticas del habla y del lenguaje. La lengua, nos recalca Noam Chomsky, no se construyó socialmente como una herramienta cognitiva más, sino que trata de una capacidad orgánica la cual contiene los elementos innatos necesarios para construir estructuras simbólicas y lingüísticas. Pero independiente de que esto sea así -o no-, tal y como defiende el infant terrible de la contracultura americana, ¿tendría algún principio el habla articulada?. Si retrocedemos de nuevo a un origen más primitivo de los patrones culturales, esta noción del desarrollo lineal de las prácticas humanas que venimos tratando, en efecto, puede quedar más clara si tomamos como consideración las aportaciones de otros teóricos que no son Chomsky o no pudieran ser Pinker, sobre la filogenia del lenguaje. Al igual que sucede con el arte de los primeros grupos humanos, algunos teóricos como Skinner respaldan que los sistemas de interpelación puedan también partir del continuum como una forma evolucionada de lo corporal y lo gutural. Sin la interacción social del lenguaje "no hay recompensa" (progresión humana). La articulación perfeccionada de la palabra y la precisión de su significante pasaría a tomar cuerpo y extenderse sobre los pilares de una composición de lo común (quizás de una lengua primigenia que nunca conoceremos); y a transmitirse sobre la base de la disposición espacial de una región, por ejemplo, la paneuropea. Si nos fijamos bien, hay una estela protosintáctica que recorre el cauce histórico de los valles; de esos valles que nos trasladan, a través de la filogenia de un cúmulo de generaciones, desde el Éufrates al Támesis, y cuyo continuum sirvió de hilo conductor a la morfogénesis matriz que dio origen a las diferentes lenguas y dialectos. Los sociolingüistas -incluido entre ellos Chomsky- con frecuencia nos animan a sobrevolarla: tan sólo hay que seguir los pasos de los residuos dialectales a través de las líneas cartografías del tiempo.


La visión de Chomsky, para decirlo simplemente, es que los seres 
humanos necesitan el idioma para cooperar y por lo tanto sobrevivir. 
Por lo tanto, la mente humana ya está cableada para recibir el lenguaje.


Sin embargo, para no ponernos completamente de acuerdo en cómo empezó todo, al menos sí parece haber consenso en el hecho de llegar a conocer cómo transcurrieron las vicisitudes y logros de la cultura humana. Particularmente, a partir de determinados periodos y de cómo éstos evolucionaron sucesivamente. Parece ser que de todo ello se encarga una ciencia: la paleoantropología. ¿Y qué nos aporta esta ciencia?. Los arqueólogos y antropólogos culturales nos dicen que, como en todo proceso de la (pre)historia, las comunidades más evolucionadas heredan culturalmente, de unas y otras generaciones que les preceden, estas y otras prácticas que van perfeccionando y transmitiendo de nuevo. Nos dicen que el hombre se asienta sobre el hombre. De nuevo, entonces, el arte como ejemplo; despacito y buena letra: primero los enormes puntos monocromáticos; más tarde, las geometrías simples; por último, el bisonte. Por tanto parte importante del trabajo de estos señores consiste en darnos a conocer estas pautas y hacernos ver cómo se complejizan los legados a lo largo de nuestra intrincada evolución cultural. Poquito a poco y buenos materiales: primero, tiza de carbón; más tarde, paño de piel para extender la forma concéntrica; por último, brocha y pincel para dar lugar a la policromía. Seguimos impulsados por el continuum

Traspasada la frontera del tiempo de los primeros manuscritos escritos –otro salto disruptivo que nunca fue tal- todo esto de la progresión lineal de la materia cultural, de modo tardío para la ciencia social -que debió percatarse mucho antes de todo este proceso-, tuvo que venir Weber a definirlo. Lo llamó con suerte la “racionalización de la cultura”. Lo que le concitó a decir algo parecido sobre la evolución del arte y del lenguaje, pero esta vez en clave sinfónica. Al igual que el mismo arte nacido de las cavernas, la música se armonizaba y diversificada desde su primeros inicios comunes evolucionando distintamente según los patrones o agentes culturales –pueblos o comunidades- o herramientas de sonido que la concibieran. Se podría asegurar que cada uno de los pueblos le puso algo de su impronta; pero sólo pocos de ellos, una muy perfeccionada. Así fuera el caso occidental de la música de cámara o de orquesta, con sus múltiples intérpretes o cuartetos. Parece lógico pensar entonces que todo esto ya viniera ocurriendo desde la noche de los tiempos con muchas otras facetas o procesos de la cultura material humana. Más concretamente para Weber, para nuestro tiempo y en su caso mucho más allá de la música, para la técnica, y afinado más aún, para el dinero. Weber, a esta complejidad de la materia la llamó el “espíritu del capitalismo”, que vino a concretar que el modo de racionalizar la cultura económica aun partiendo de un mismo punto histórico común -al igual que la música o el arte- no evolucionó de igual para todos en unos tiempos y lugares que en otros. 

Entonces, ¿se da un nexo común de todas las cosas?, ¿evolucionan paralelamente, pero con distintos ropajes o a pesar de sus diferentes resultados, para generar nuevos nexos matrices?. En cierto sentido hiperbólico es esto, pero con matices. Como advirtiera en una muestra de su profusa lucidez intelectual el biozoólogo Richard Dawkins, los seres vivos no sólo nos componemos de genes, los cuales transmiten la información génica de los padres a los hijos. Dawkins defiende que también nos componemos de “memes”. Los memes permiten que generaciones sucesivas o coetáneas o comunidades cercanas compartan materia cultural. Es ejemplo extremo sería nuestra actual sociedad informacional. Pero sobre todo lo que permite el meme es la transmisión de esa materia, muchas veces de índole local, de unas generaciones a otras. El meme queda entonces definido en algo así como “un gen de la transmisión”, de la transmisión de la información cognoscitiva. Dicho de otro modo: el conocimiento de las artes, de las lenguas (así como de las técnicas) es acumulativo por regiones; y sus incrementales se transmiten en el continuum intergeneracional de unos sucesores a otros a través de la línea del tiempo, de modo similar a cómo lo hacen genes con nuestros atributos psicofísicos. 


Las propias aportaciones de Dawkins sobre su idea de la transmisión natural de las partículas elementales del conocimiento que se transmiten o “sufren mutaciones” –perfeccionamientos- de una generación a otra mediante la codificación del aprendizaje humano, es el vivo ejemplo de cómo él mismo tomó prestado para la formulación de su hipótesis parte de un conocimiento ya heredado: digamos que su idea “mutó” de una concepción similar a la suya, de una partida de hipótesis que ya fue inspirada, no por Darwin, como pudiera parecer, sino por Edward Tylor, uno de los padres fundadores de la antropología moderna. Tylor, viendo como todo esto de la expansión del lenguaje y el arte, los cultivos y animales domésticos, las herramientas, así como otras manifestaciones de la costumbre o de la cultura material humana procuraban pautas similares de desarrollo, se empecinó en demostrar que necesariamente debía manifestarse, aunque oculta, una lógica sincrónica dentro de todas y cada una ellas. Como si entre sí no caminaran solas. Como si entre las evoluciones macroculturales de lo humano, existiera algún tipo de diálogo oculto o vertiente soterrada. Para el antropólogo inglés todos los parámetros etnométricos de lo común se alinean en el tiempo, o bien forman radios o círculos concéntricos en la interación de lo telúrico. A estos patrones comunes el devenir posterior de la ciencia antropológica terminó por definirlos como “universales culturales”, pautas, ritos y prácticas que toda comunidad ostenta, independiente de que las crearan por si mismas de manera aislada o de modo aprehendido de otras. Leslie White sostuvo una idea declinada de la Tylor, al objeto de sostener el absoluto principio que nos dice que la cultura es secuenciada y compartida por los grupos de población desde nexos común de origen. Argumentó que las diferentes culturas avanzadas -aunque para él sólo existiera una única cultura- progresaron acompasadamente porque se da entre ellas un “contagio cognoscitivo”. Las más rezagadas, tan sólo siguen el continuum ya descrito por estas o quizás, como le sucedió a la China Imperial, marcaron el paso desde un primer momento para quedar después superadas. White compartió los principios de Weber sobre la racionalización de la cultura en la dimensión de la técnica. Gracias a ella la "cultura global" caminaba erguida.    


A esta altura el lector que siga pacientemente con nosotros –seguramente el 30% de los que iniciaron la lectura cinco o seis párrafos atrás si me fío, Weber ojiplático, de los indicadores de la racionalización de la cultura informacional que me proporciona “Google Analytics”, - puede sentirse decepcionado: ¿esto no iba de hablar de Halloween?. Sin embargo seguro que cada uno de ellos es consciente de que no ha sido engañado; realmente no hemos hecho otra cosa que hablar más que de ello desde el garabato rupestre de las primeras líneas hasta ahora. Quizás de modo tan soterrado como los propios procesos culturales compartidos de los que hablamos. Como trató de explicar Tylor a lo largo de su trayectoria intelectual, muchas de las tradiciones que compartimos con otros pueblos o civilizaciones acaecidas, apenas hoy son perceptibles en su similitud ancestral. Sin embargo son, “universales culturales”; en términos dauquianos de un “macromeme ancestral”, esto es, completamente las mismas. Incluso cuando diferentes cosmovisiones de un mismo rito han entrado en conflicto, el sincretismo de ambas o múltiples de sus manifestaciones llegan a fusionarse en una misma práctica común administrada. Todos conocemos como la Iglesia de Roma dio cabida dentro de su liturgia a los ritos paganos que conmemoraban la llegada de los equinoccios y de los solsticios, no sólo admitiendo sus rasgos prerrománicos para apropiándose de ellos, sino estableciendo el marco adaptante de tal guisa que fue su discurso el que se integró en las estructuras administrativas y hieráticas de Roma, no su contrario, quedando oficialmente consolidado su credo. En términos de Weber, los racionalizó y les dio su forma.



Cuando hablamos de “Halloween” los hacemos en término administrado de “Día de Difuntos”. Un modo de hacerlo entender nos lo ofrece Marvin Harris. Harris considera que las diferentes unidades o culturas universales se vuelven con el tiempo específicas al objeto de decir lo mismo. Como "perdidas en la traducción” de las distintas codificaciones de la cultura humana muchas de las tradiciones o ritos se han ido desenvolviendo a la par de una adaptación local, configurando su propio mito y significado de universal cultural. El problema surge cuando apenas reconocemos como autóctonas prácticas similares o rituales espejos que practican simultáneamente otras culturas. Éstas se vuelven todas tan distintas entre sí, diseminadas por el espacio y transcurridas por los diferentes cauces del tiempo que, como parientes lejanos a los que se les presenta por primera vez en un barroco salón, procedentes de la semilla de un antepasado común, apenas pueden reconocer sus rasgos fenotípicos compartidos. Mirándose frente a frente, unos a otros, se extrañan. Más fácil: aún fruncimos el ceño cuando nos dicen que compartimos la gran totalidad de nuestros genes con otros primates. Quizás no nos ocurra con el "Hombre de Cromagnon". Pero cuando nos dicen que somos un poco monos o cuando observamos a un chimpancé nos decimos secretamente: “Esos no somos nosotros”. Con la práctica de las nuevas modalidades mainstream de la onomásticas de los difuntos (léase “Halloween”), a muchos de los europeos nos sucede lo mismo: nos decimos "esta no es nuestra fiesta", o "este no es nuestro rito". Sin embargo, como decimos, son las diferentes manifestaciones de una misma liturgia: la rememoración de nuestros seres más queridos que ya no están.



Entonces ¿a qué tanto alboroto si el “espíritu del rito” es el mismo?, ¿por qué tanta controversia?. Un modo de explicarlo está en cómo lo “universal cultural” que nos precede se ha transformado, como nos dice Harris, en un reflejo difuminado de su origen, localmente adaptado y cómo los valores de cada cultura se hace antagónicos entre sí en torno a un mismo rito. Para la tradición judeo-cristiana se trata de un sentimiento de dolor, de tristeza. Para los nepalíes -o incluso para los niños norteamericanos o mejicanos- un estallido de color y algarabía. La diferenciación humana también es socialmente construida. Podemos ver cómo se distancian entre sí, siguiendo el hilo de continuum histórico del que venimos hablando. “Halloween” es el perfecto ejemplo divulgativo del modo en que todo el mundo puede asimilar el mensaje de los antropólogos para tratar de explicar el trasiego histórico de las cosas o por contra hacernos saber a quién pertenecen en cada momento o época cada una de las costumbre. Pero ahora que sabemos que la celebración de la muerte es un poco de todas y cada una de las culturas, y muy poco de cada una de ellas, la pregunta se traslada a otra más polémica: “¿a quién pertenece la fecha?”. Ya no se trata de debatir si es o no la misma raíz cultural. Se trata más bien de un claro conflicto de identidad local: por qué usted me impone su modo de representarlo. Hasta la revolución logística e informacional del último tercio del pasado siglo -transporte barato transcontinental, emisión vía satélite, internet- parecía que no existiera ningún problema según cada cultura manifestara sus ritos de modo distinto con tal de que cada cual lo hiciera en su territorio natural. Ahora bien, ¿Qué pasa cuando estos valores se confrontan sobre el espacio cultural de la globalidad?. Un modo de “firmar la paz”, es de algún modo reconocer que “Halloween”, no pertenezca a nadie como concepto. Como el arte o la lengua, incluso la invención de la rueda o un amplio catálogo de universales culturales, nadie puede atribuirse la autoría o el origen de un rito. Sí su modo de imponerlo al mundo o manifestarlo, como demostró Roma, o actualmente Washington. Ahora bien, sabemos que no pertenece a nadie, pero podemos localizar sus fuentes.





A falta de un sincretismo que vendrá con el transcurso del tiempo global, seguro que la ciencia tiene la respuesta. Bueno, pues me temo que también es cuestión, de tribus, de identidades académicas. De escuelas científicas, para ser más finos. ¿A quién pertenece el conocimiento correcto?. ¿Es el “Día de Difuntos” una construcción humana o se remonta a los instintos biológicos e iniciáticos del mismo?. La ciencia nos vuelve desorientados de nuevo. Los neurocientíficos consideran que el instinto de veneración a los antepasados reside donde Chomsky encuentra el habla. Se trata de un "sentimiento innato". Los freudianos hablan de la muerte como algo cerebral, inconsciente. A los antropólogos no les acaba de gustar la idea de que los científicos, las ciencias duras, urgen en su jardín. A Harris, por citar, no le gusta Dawkins: cree que los zoobiólogos -Dawkins lo es- se asoman con demasiada ligereza a la etología y metodología de las ciencias sociales, como si esta fuera tan maleable y agradecida que admitiera la configuración sistémica de cada teoría hasta tal punto que cualquier conjunto de hipótesis fuera posible. Sabe de lo que habla por su propia experiencia académica. Marvin Harris reconoce que para las ciencias tradicionales una fórmula matemática -cuando menos compleja mejor-, sirva para describir actos de la naturaleza física o química de incalculable proyección científica. Pero difícilmente una "partícula teórica" como un "meme" puede deconstruir la caleidoscópica racionalidad humana. Para los críticos del innatismo, la partícula del conocimiento trata de una ocurrencia, de una "metáfora material o cognoscitiva". No va más allá y quedan muy bien para la columna científicas de los periódicos neoyorquinos. Por otra parte, el núcleo de la física considera que sociólogos se fijan demasiado en la construcción social o cultural de los mitos. No saben adoptar una perspectiva más amplia que admita la participación de otros enfoques científicos no constructivistas. Por ejemplo que la cultura de la muerte, despojada de todos sus ropajes folclóricos, pueda tener un sustrato o residuo tan cerebral o biológico como el instinto propio de supervivencia.



Y Chomsky, ¿qué opina de todo ésto?… bueno, Chomsky lleva bramando contra todos ellos y disparando desde su atril a todo lo que le rodea o se le acerca desde hace tiempo. Enervado, el teórico mantiene sus posturas contra el mundo, contra sus críticos y contra muchos otros de sus colegas: insistente, intenta hacernos comprender que dar una explicación en términos de datación o cultura material al lenguaje, al arte, la política o en este caso a los ritos de la vida o la muerte se vuelve ridículamente estéril. Parece como si el Hombre no hubiera aprendido nada de su complejidad cerebral y que cada una de las diversas ciencias sólo mantuviera su postura por motivos de autoafirmación de su disciplina. De acuerdo, pero ¿qué opina de "Halloween"? Bien, para el metalingüista el origen de nuestras prácticas más características, por encima de todo el lenguaje, se encuentra en nuestra cabeza de un modo orgánico. Y en nuestras prácticas de un modo funcional, integrativo, como extensivo de nuestro cerebro. ¿Tendrá razón el malhumorado de Noam?. Los chimpancés y otros homínidos, algunos paquidermos, camélidos y cetáceos también "lloran" la muerte o desaparición de sus congéneres. No han logrado trivializarla como algunas culturas humanas que la celebran como paso a una existencia mejor o a la discoteca engalanada de calabazas y murciélagos más próxima; sin embargo  la presienten como algo que conlleva ritos para ellos, como permanecer agrupados, gimoteando todos en círculos a modo de cánticos de despedida, o situarse cerca del cuerpo inerte o arrastrarlo hasta un sitio más íntimo. Parece que la cosa, como terminan concluyendo los etólogos, va en relación con el tamaño o disposición evolutiva del desarrollo cerebral. Quizás aún no lo sepamos, pero seguramente el loco de Noam este justificadamente molesto y sea el único que esté en lo cierto. Las construcciones culturales tienen su origen en el cerebro. Quizás por eso, sean universales.

Recogida del cuerpo de Dorotea, despedida por 
sus congéneres, en el Centro de Recuperación
 de Animales de Sanaga-Yong, en Camerún.

 

miércoles, 26 de agosto de 2015

El mito ensordecedor del garaje y el síndrome de la pereza.


Comparando las grandes instituciones comerciales históricamente entendidas, como bien pueden ser la Ford o la Amazon, podemos apreciar que no son operacionalmente tan distintas entre sí, a pesar del tiempo transcurrido entre la creación de una y otra. Esto nos da a entender que la tecnología e innovaciones técnicas que han propiciado las transformaciones últimas, no han dado lugar a verdaderos cambios organizacionales dentro de la cultura empresarial y en las relaciones humanas de producción. Estas son, las nuevas TIC lo que, paradójicamente, provoca no sólo el enriquecimiento del trabajador, sino también los conflictos culturales en el entorno laboral que de nuevo están resurgiendo. 

Víctor G. Pulido. En Cáceres,  a  26 de agosto de 2015.





Durante el álgido transcurso del desarrollo industrial de la producción en cadena, “Ford” llegó a controlar todos y cada uno de los aspectos y procesos implicados en la configuración final de su producto franquicia: el “Modelo T”. Hasta tal punto esto fue así que muchos de los materiales y componentes de montaje de los vehículos salían de naves muy diversas, todas ellas próximas al hangar principal de montaje y ensamblado. Puede que a ojos de una sociedad de producción global como lo nuestra, acaso hoy nos pueda resultar sorprendente que el parabrisas y las ventanillas de los estandarizados “T” se fabricaran en secciones propias de la fábrica, en espacios destinados exclusivamente a las labores de la cristalería industrial; del mismo modo, que las piezas y engranajes de los motores tomaran forma bajo los crisoles modulados de su propia fundición cercana y no como en la actualidad sería de esperar que estas formas fueran moldeadas por empresas de componentes siderúrgicos destinadas a tal fin. Y no deja de ser por menos sorprendente que desde las forjas ahormadoras de "Highland Plant" se suministraran elementos tan básicos como las planchas laminadas de hierro o acero destinadas al chasis de los vehículos. Todas y cada una de las piezas, así como los engranajes, tornillos, sistemas de ensamblados eran tratados y tomaban forma dentro de la misma factoría matriz. Mucho antes de incorporarse al diseño progresivo del coche, tanto los componentes de montaje en sus diferentes taxonomías, pareceres y tamaños como los accesorios y los embellecedores que lo engalanaban, se encontraban bajo el control de la provisión de la organización. La compañía llegó, si cabe, al paroxismo de su funcionalidad y prácticamente desde sus mismos orígenes corporativos cuando asumió el diseño de algunas de sus propias herramientas mecánicas, al margen de las ya existentes y ofrecidas por el mercado industrial. Al contrario de lo que hoy es norma industrial, "Ford" atesoraba el monopolio de su propia provisión y de sus propios útiles de montaje.




Empleados de la "Ford Motor Company" de Detroit, en multitud, en 1915.
 Sobre estas líneas, la fachada principal de la factoría, que acogía sus zonas nobles,
durante aquella época y hoy ha sido reconvertida en museo de la compañía.

En la figura de abajo, la "Flanders Automobile Company", archirival de la Ford, 
y que contaba entonces con la mayor fábrica de automóviles del mundo, también de Detroit.



A toda esta calidoscópica trama industrial de la Ford de primeros del siglo XX, habría que añadir su personal técnico y administrativo. Al margen de los forjadores, herreros y cristaleros, la compañía disfrutó de una cada vez más perceptible y extensa nómina de mecánicos, soldadores, carpinteros, tapiceros y montadores que configuraban la secuencia de su valor añadido. Fuera del núcleo de operaciones, ingenieros, contables, almacenistas, inventaristas, responsables de equipo y como en toda burocracia industrial, directivos, secretarias -y, aunque no pertenecieran a ella, vendedores de perritos calientes-, daban suporte al conglomerado. El resultado de todas sus sumas fue el modelo disruptivo de logística de producción interna secuenciada o más conocida, informalmente, como cadena de abastecimiento y montaje en serie. Para darlo a entender de un modo más llano diremos que la lógica fordiana se basaba en una misma idea logística y revolucionariamente sencilla, al tiempo que organizacionalmente compleja: “Todos y todo, bajo un mismo techo y bajo una misma dirección”.


Ahora bien, si piensas que todo esto es cosa del siglo pasado, propio de las grandes burocracias empresariales de aquella época, o al menos te invita a esbozar una condescendiente sonrisa sobre la Ford de 1908, te pido que te fijes bien en lo que hoy es “Amazon”, su referente actual. Al igual que ya se diera en “Ford” exactamente hace un siglo, “Amazon” se constituye actualmente en lo que los sociólogos industriales llamamos una “institución completa” (las mayores corporaciones también lo son, y me refiero al término “instituciones”). Y al igual que otras grandes corporaciones disruptivas anteriores a ella, la multinacional con sede en Seattle construyó sus propias herramientas o procesos para diferenciarse operacionalmente de su competencia. Es decir, de los estándares y protocolos tradicionales más arraigados en su sector. Lo hizo además, quizás de manera instintiva, a semejanza de “Ford”: de modo ajeno al propio segmento de mercado que las provee. Y para este caso la herramienta propietaria fue su software (que, dicho sea de paso, empieza a constituirse en el core de su negocio junto con el “big data” y el “cloud computing”). Por otra parte, y a pesar de su estructura aparentemente sencilla de almacén -como la Ford de aparente fábrica-, y en la que sólo podríamos adivinar agentes logísticos llevando cosas y cajas de un lado para otro, también la Amazon cuenta a día de hoy con un elenco indescifrable de técnicos y profesionales: desde fotógrafos que realzan la imagen de los artículos para hacerlos más atractivos, pasando, entre otros muchos, por puericultoras que se ocupan de los más pequeños durante el horario laboral; y así hasta llegar a un cocinero asiático que prepara sushi para la población de trabajadores de creencia musulmana, los días que en el menú del comedor toca carne. Todo tipo de cometidos profesionales se dan en su organización. De hecho, es más: piensa en una profesión o en cualquier desempeño laboral, la más rara, sofisticada o irreverente que puedas imaginarte dentro de un marco productivo como el de “Amazon”, y la Amazon, como institución completa, habrá dado lugar y cuenta, al igual que la Ford cien años atrás -y como ya sucediera con su vendedor de perritos calientes-, a su demanda. ¿Un “Mimo”, he oído decir por ahí?. Pues bien, se acerca: en navidades los centros logísticos de “Amazon.de”, en Bad Hersfeld, amenizan los descansos del personal, un tanto más prolongados que los de costumbre, con actuaciones y pantomimas; justo antes o después de los sorteos de regalos para sus empleados, éstos improvisan un coqueto escenario montado a base de palets para dar cabida en otras ocasiones al número del monologista televisivo de turno contratado para la ocasión.


Aunque cueste creerlo a día de hoy , muchos de los fabricantes no acompañan
sus productos de un buena foto de calidad y optimizado web. Otros proveedores
de caracter local, no tienen costumbre. "Amazon" aprovecha estas ocasiones 
para dar tratamiento de luz y optimización  fotográfica a los productos, 
antes de subirlos a su portal para la venta. La calidad de la imagen, vende.
Sobre el párrafo, fotógrafo de "Amanzon.es", en San Fernando de Henares.


Y ya puestos a analizar, “Amazon”, al igual que “Ford”, ha dado o da lugar al diseño de sus propios productos franquiciados, como es el referente semiótico del “Kindle” frente al mismo icónico del “Modelo T”. Si del “T” se llegaron a sobrepasar ventas de más de quince millones de unidades en poco menos de treinta años, del “Kindle” sabemos que, cuanto menos -Seattle no proporciona cifras oficiales-, desde el inicio de su ciclo de vida productivo en 2007, ha logrado triplicar esa cifra. Sendos hitos del consumo, ideados a ambos extremos del comienzo de un siglo y entendidos y extendidos como concepto tecnológico universal de comunicación, logran democratizar el mundo de su época sobre la base de unos costos reducidos y un precio asequible. Y ya por último, si nos fijamos en lo referente a la innovación de procesos y eficiencias técnicas, si Detroit vio nacer lo que conocemos como el montaje en cadena para optimizar el esfuerzo de sus trabajadores y la estructura de costes, Seattle dio lugar a una misma filosofía y a su innovación disruptiva propia al crear e impulsar el sistema de cálculo lógico-computacional de la logística caótica. Ambos, tanto Detroit como Seattle, compartieron el mismo objetivo de reducción de espacios y tiempos relativos a sus procesos de personal, producción y costes.



El modelo "T" de Ford, en una nota publicitaria cuando alcanzó su mejor precio y sus diez millones de unidades, y el modelo "K" de Amazón, han permitido domesticar el consumo de las tecnologías de la comunicación -espacial e informacional, en cada caso- y constituyen el hito de consumo efectivo de cada una de sus respectivas épocas. 


En 2012, gracias a la iniciativa piloto en Ghana (arriba), y en Kenia (abajo), alrededor de dos mil niños africanos pudieron disfrutar para su aprendizaje, de su "Worldreader Kindles". Se espera que el dispositivo universal de "Amazon" permita acceder al conocimiento de todos ellos y pueda incrementar las posibilidades de desarrollo humano de sus poblaciones, en el medio plazo. Los beneficios sociales del e-learnig, al alcance de todos.



Ahora bien, ¿qué conclusiones podemos sacar de todo ésto?, ¿a dónde queremos llegar?. Bien, lo que constatamos en un primer término es que las instituciones completas siguen existiendo, continúan siendo punta de lanza en innovación y procesos y continúan igualmente basándose, aun virando de una versión a otra, en los mismos parámetros y procesos organizativos que vieron la luz desde la llegada de la división secuenciada del trabajo en "Ford". Nada ha cambiado en lo esencial. Por tanto, salvo por pequeños cambios sociales, intermedias estrategias operacionales y grandes logros tecnológicos -aderezados de algunas transformaciones en los estilos o modalidades de consumo orientadas por cambio industrial y la investigación de carácter social como es el caso del marketing-, no parece que la cosa haya variado mucho. Y muy a pesar, o no, de haber mudado parte de nuestra cultura productiva desde un modelo de elaboración de base industrial a otro de base tecnológica. En definitiva, lo que sí más bien parece es que la cultura informacional, con la salvedad de hacer más eficientes a las instituciones comerciales, tampoco las ha hecho menos diferentes entre sí en la línea del tiempo en cuanto a la gestión de sus recursos humanos, productivos y del valor de su conocimiento. Algo ha mutado, eso sí, con respecto al trato con los consumidores, al establecerse un marco de competencia global perfecta. Pero incluso a pesar de todo lo bueno y todo lo malo, “Amazon” no tiene hoy menos problemas que los que “Ford” tuvo entonces con sus empleados; ni “Ford” tuvo con sus clientes más incidencias que las que “Amazon” gestiona diariamente. A pesar que la empresa de Jeff Bezos está entre las primeras mejor valoradas del mundo por sus clientes y por la calidad de sus productos y servicios, como así fue para "Ford", miles de sus productos son devueltos cada hora a sus almacenes por orden de la insatisfacción del consumidor. Y a pesar de que Henry Ford pagaba una alta retribución a sus empleados por el jornal de ocho horas, cientos de trabajadores al mes no volverían a su puesto de trabajo a la mañana siguiente; el mismo Ford reconoció apesadumbrado que para poder cubrir el puesto de 14.000 empleados en su conglomerado debía contratar al menos un bruto de 53.000 anuales, al objeto de poder mantener un efectivo constante. Y todo, como vemos, debido a una alta rotación de personal que padecía en relación a su tecnometría avanzada. Queda la impresión que la resolución de los problemas de gestión no han dado el salto que sí ha dado la tecnología. 

"Amazon" alterna el "cloud computing" y la lógica 
computacional de la "logística caótica" para dar lugar 
a la fusión de sus cores operacionales de negocio 
y la reducción de coste y acortamiento de procesos.


Ahora bien, si después de todo esto y después de todo lo contado aun sigues creyendo objetivamente que todo esto es cosa del siglo pasado o propio de mastodónticas burocracias empresariales de aquella época, o, en el peor de los casos,de enseñas de hoy como "Amazon", "Ikea" o "H&M"; si de verdad piensas que algo realmente está cambiando en nuestros nuevos diseños empresariales y que de persistir en nuestro calendario este tipo de "instituciones completas" en todo caso es propio de organizaciones que no se adaptan a los nuevos tiempos y estructuras, seguramente no tardarás en caer en la falacia ensordecedora del “mito del garaje”. O, en el mejor de los casos, en el “síndrome del cuarto universitario”. ¿Y qué es el "Mito de Garaje"?. El mito de garaje en sustancia – encarnado en enseñas igualmente reificadas como “Microsoft”, “Appel”, “Facebook”, “HP”, “Linux” o “Sun Microsystem”, entre otras – no es más que esa leyenda industrial de nuestro tiempo que nos susurra que las organizaciones empresariales de la era informacional se sustentan sobre estructuras horizontales, versátiles y sencillas; con una cultura corporativa escueta de todo título academicista, personal o estructura tecnocrática; y que de algún modo insuflaron o propician aún un cambio de modelo organizacional y de funciones, lo cual las hace más gráciles y dinámicas. El "mito del garaje" como concepto de la cultura material se antepone a otro concepto material de la cultura, al de la "institución completa". Pero en el "Mito ampliado o amplificado del garaje", aquel que va más allá, la empresa informacional nace ajena al del ecosistema empresarial tradicional o dominante que le ve nacer, sin que éste tenga posibilidad alguna de transmitirle ninguna de sus reglas de procedimiento o normas de cultura corporativa. Por tanto, el nuevo modelo gerencial de lo informacional no se ve contagiado por principios ambientalmente absorbidos, y por tanto no reciben aportes de paradigma del orden que le precede. Por contra, en estas nuevas organizaciones informacionales -que no informales- y bajo sus innovadores métodos de trabajo, los empleados son más reconocidos por sus superiores y se les tiene en cuenta todas sus aportaciones y contribuciones, lo que da lugar a una estructura más horizontal de la tomas de decisiones y a un crecimiento más exponencial de sus desarrollos y valores añadidos.



¿Realmente nacieron todas en un garaje o en un cobertizo?. Todo es un mito. Jobs reconoció tardíamente que antes de encerrarse con su socio entre sus cuatro paredes, ya habían madurado la idea y recibido formación así como contactos y asesoramiento externos del ecosistema empresarial para desarrollarla. Las ideas no salen de la nada, sino de una intrincada red de relaciones laborales y profesionales. Más concretamente, de las instituciones completas. Que le pregunten a Bezos: la empresa para la que trabaja antes de dejarlo todo y ponerse a vender libros en su cobertizo, operaba en Internet, y bajo una red internacional de conocimiento aplicado. 


El mito de que el conocimiento disrupcional surge de la nada o del aislamiento tecnológico o intelectual es típicamente característico de la revolución informacional y sus formas de organización del emprendimiento.   

Pero la verdad es que esta anomalía rara vez ocurre, incluso si trabajas para la Apple. Cuando en realidad no se manifiesta todo lo contrario: cuando las organizaciones se vuelven maduras, instituciones completas o bien se estabilizan en torno a un tamaño óptimo, ocurre que este “hechizo mitómano” se rompe al comprobarse que ya no son tan flexibles y horizontales, ni tan creativas como alguna vez sí lo fueron, como en el clásico ejemplo de "Ford", o incluso de "Amazon". Y, a pesar de sus muchos esfuerzos y buenas intenciones, políticas laborales de por medio, lo cierto es que el volumen de la estructura, pesa. Esta pérdida de agilidad de las jóvenes corporaciones en su proceso de crecimiento orgánico es necesaria para poder amoldarse a su masa crítica y evitar el riesgo de colapso: intentar aligerarla es tan sólo un desiderátum corporativo, más que una política real o eficaz. Incluso en “Google” no se pasan el día innovando o jugando al futbolín, como en ocasiones parece que nos hace creer su semblante micótica: hay mucha rutina, canales de procesos colaborativos y enfrentados y toda una pequeña tecnocracia de mandos intermedios de por medio.


Colectivos de trabajadores y estudiantes asiáticos 
del SACOM y del SOMO, manifestándose.



Frente a la imagen social que nos hemos creado de un nuevo orden informacional en lo productivo y en lo integrativo con respecto a la inclusión de nuestro conocimiento en la toma de decisiones, esta constatación de la realidad empresarial está dando lugar a una nueva "desilusión de nuestro mundo", es decir, de "nuestro tiempo". Como ya definiera Weber para su nueva época, la desilusión del mundo es la desilusión de cada uno de sus tiempos y progresos: un necesidad de intervenir los mitos de su pasado para dar lugar en cada época a un nuevo mito, a una nueva desilusión. Y como respuesta a la desilusión de nuestro mito informacional, está configurándose en este tiempo otro síndrome coetáneo contrapuesto "al del garaje", y que va tomando también maneras de hito compartido: el “síndrome de la pereza”. El syndrome de la paresse, "laziness syndrome" o síndrome perezoso es aquel que reza que "ya nada importa", que hagas lo que hagas en el trabajo, ya sea en instituciones completas o en pequeñas empresas rurales, informacionales o industriales, no será éste “ni creativo ni reconocido” como nuestra era prometía; toda buena idea, desarrollo o intención de mejora quedan aplastadas por la atmosférica presión de la "burocracia informacional", aún más asfixiante. Algo debe de haber, cuando nada es como lo dibujaron los libertadores de nuevo cuño. Patricia Vendramin, antropóloga laboral, demuestra algo de intuición cuando asegura que la informatización de los flujos de trabajo nos conduce de nuevo a actividades rutinarias y segmentadas por procesos, no demasiado diferentes en lo cognitivo a los de las fábricas de "Ford". De hecho, la informatización divide aún más la división consciente entre la planificación y la ejecución en los procesos de trabajo: lo que antes eran piezas, ahora son datos, planografías, protocolos escuestos o máquinas automatizadas que dirigen nuestros actos laborales. Recuerda nuestra era avanzada viejas citas de Marx, cuando en una de ellas precisaba que nuestro moderno sistema de producción no requería de individuos cultivados, sino tan sólo de almas mecánicas, de hombres y mujeres ultraespecializados que se ciñan a un esquema productivo sin cuestionarlo.

Y sin embargo, esta sensación es incompatible con las expectativas de desarrollo de funciones y tareas que de sí misma tienen muchas y muy formadas generaciones de empleados de la "Era de Acuario". Lo cual genera cierta desazón. Muchos directivos y gerentes, lo saben. Por eso ni siquiera pueden asomarse a la lista de best-sellers de bolsillo que aún persisten en estar entre los más vendidos y de los cuales informan los dominicales. No quieren encontrarse de nuevo, por citar, con Corinne Maier, la gurú que lleva azotando desde hace un lustro las conciencias de los trabajadores de “Amazon.de” en Alemania, de "Ikea" en Suecia, y la de media Europa en la última década. Maier, a tiempo parcial ejecutiva de una gran empresa completa, "indignada de calle", a tiempo disponible insiste en aconsejar a todos los trabajadores que hagan lo menos posible en las corporaciones, ya que tan sólo son engranajes de una gran maquinaria en la que ni siquiera se les considera o se les permite tomar decisiones sobre sus propios procesos de trabajo. Para Maier, todo sigue como si nada y poco queda de su primavera del 68.

Para Maier sólo existe una respuesta sistémica al nuevo entorno institucional de trabajo: 
"si no van a aprovechar tu talento, al menos que no lo malgasten". Sin embargo, esta es la 
respuesta sencilla, no la sistemática: los sistemas siempre han terminando adoptando 
los recursoshumanos del conocimiento en el medio plazo, o simplemente los han 
reemplazado por máquinas o procesos tecnológicos a medida que han ido 
asimilando  funciones complejas humanas y han desplazado 
al hombre a un nivel superior de complejidad intelectual.


Entonces, ¿qué pasa?, ¿no hemos evolucionado organizacionalmente nada?. Lo cierto es que, en efecto muy poco. Seguimos siendo fieles a nuestra ecología humana, animales burocráticos con tendencia a la jerarquía y los procesos estandarizados característicos de nuestra otrora cultura industrial; y, habría que añadir que conforme a cierto orden preestablecido por su tamaño. O quizás sí hemos cambiado, y quizás mucho. Porque lo peor de todo esto es que el verdadero avance, el que nos provoca tanta insatisfacción dentro de las grandes y pequeñas organizaciones, se ha producido como consecuencia de cómo ese mismo progreso ha impactado en la reconfiguración y rediseño de nuestros mapas mentales y conceptuales de intervención en el mundo. La tecnología, sus avances, nos hace engranajes dentro de nuestra incursión en los procesos de la producción, pero al tiempo nos hace más libres y autoconscientes de nuestra potencialidades y autodesignios fuera de ellos. Los procesos de horizontalización sociales y tecnológicos nos permiten acceder a formas de disfrutar de nuestro ocio, de nuestras relaciones, creatividades e inteligencias de un modo más directo, accesible y pleno al que quizás no podamos acceder en nuestros puestos de trabajo. De algún modo las personas hemos olvidado el residuo adaptante que supuso ser una tuerca hasta hace poco y nos hemos abrazado en mayor grado al mito del "intelectual de garaje" o de "irreverente niño prodigio de cuarto universitario". Nos lo hemos creído. O por contra o al mismo tiempo, espero que no,  no adscribimos al de la pereza. Dicho de otro modo, hemos despertado o revivido el residuo ancestral que nos pone de nuevo en el reencuentro latente con el ser creativo y no especialmente oligárquico que tuvo que ser para afrontar la evolución de su especie hace unos pocos milenios, meméticamente diseñado para equipos sencillos, horizontales y de trabajo conjunto, de creación de herramientas y desarrollo de estrategias simultáneas y no disociadas. Y en esta confrontación de los estados humanos con la realidad empresarial, es donde reside el conflicto: hemos dejado atrás nuestra etapa industrial de monos con llave inglesa, y ahora somos homínidos sapiens de nuevo, intentando transformar el mundo tan sólo con nuestras pequeñas -y muy avanzadas- herramientas, y en cuadrillas de cuatro. Las instituciones completas, en efecto, permanecen lejos de este concepto como nuestro mayor logro organizacional que son; por ello, pero no sabemos por cuánto tiempo o si será para siempre, aún perviven imperiales y rezagas justo por detrás de nuestra nueva y lograda evolución técnica y social.




miércoles, 22 de abril de 2015

¿Escuchó Usted a Mozart?.



¿Escuchó usted a Mozart?. ¿Hizo que sus hijos aprendieran sus primeros pasos reproduciendo su música?. En todo caso, tanto si sí, como si no, hizo lo correcto. Pero tenga en cuenta que detrás de la pervivencia del mito que asegura que escuchar a los clásicos nos hace personas más inteligentes sólo se esconde uno de los mayores fenómenos de desinformación vírica, al tiempo que otro de los mayores éxitos comerciales, de los últimos tiempos. Sepa cómo se construyó socialmente un producto de consumo a la medida de las necesidades aspiracionales de todos.

Víctor G. Pulido para "Lineal Cero". En Mérida a miércoles 22 de abril de 2015. 




Rozando los mediados de los noventa, durante la edad de oro de la distorsionada música grunge y su generación “X”, uno de los productos discográficos que experimentaron un mayor incremento de sus ventas, al margen del malogrado Kurt Cobain correspondió a los clásicos de siempre. Mozart y Beethoven vivieron su enésima juventud. Pero en esta ocasión, signo de los tiempos tecnológicos, bajo el soporte digital CD. Sin duda se trató de un fenómeno sorprendente por inesperado, dada la baja aceptación de mercado que denotaba la música clásica desde principios de los 70. A pesar de todo ello y aunque bajo un delirio de irreverencia típico en él Lennon llegó a decir aquello de “Antes de Elvis, no hubo nada” y que incluso después de “The Beatles” nada fuera parecido, lo cierto es que sí que hubo “algo” y que nos sorprendería saber cuántos millones de partituras o álbumes pudieran haber vendido conjuntamente ambos compositores, Mozart y Beethoven, desde el inicio de sus carreras: para el caso de Mozart, nadie sabría establecer una cifra concreta.


La "Generación X" convivió  durante al menos un lustro en la tierra 
de nadie que limitaba ambos extremos de la convivencia entre 
los valores de la cultura tradicional y los del nuevo orden.

La cuestión es que el fulgurante ascenso de la tendencia a comprar o adquirir música clásica a las puertas del siglo XXI devino curiosamente de la mecha prendida por un artículo científico publicado en “Nature” en la primavera de 1993, un inocente ensayo de control experimental sin muchas pretensiones de notoriedad llevado a cabo por la doctora en psicología social, Frances Rauscher, junto con su colaborador Gordon Shaw. Llevaba por título: “Music and Spatial Task Performance” (algo así como“Música y desempeño espacial de cometidos o tareas”). Tratando de contrastar las bondades del placebo o “Método Tomatis”, que según el autor de su metodología Alfred Tomatis involucraba a sus pacientes a desarrollar condiciones que les permitían dotarse de una mayor compresión neuroauditiva, Rauscher y Shaw llevaron a cabo este ensayo científico al objeto de ponerlo a prueba. Los investigadores aseguraron que, en efecto, se podría inferir algunas de las conclusiones, no la mayor parte de ellas, de Tomatis. Concretamente una; la que por citar a cuenta del caso, bajo condiciones de control específicas –por ejemplo estar relajadamente sentado en el salón de tu casa-, escuchar a Mozart (¿y por qué no a Salieri?) proporcionaba a sus sujetos de estudio -un conjunto de estudiantes de secundaria-, un mayor rendimiento intelectual en condiciones de razonamiento espacial (algo así como montar un puzle o dar forma a un juguete de piezas de construcción de un modo más eficiente);y todo ello durante un transcurso máximo de diez minutos.


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UNA MEJOR RESOLUCIÓN DEL INFOGRAMA. 


Niños sometiéndose a una terapia "Tomatis".


Pero sin duda tanto esfuerzo investigador no cayó en saco roto los medios. Dado el prestigio del “Nature”, y como quizás cabría de esperar en estos casos, la prensa convencional, los diarios principalmente, no tardaron en aprovechar la ocasión de hacerse eco de la noticia y propiciarle un toque de color al papel de la experimentación científica dentro de la ciencias del comportamiento; pronto los resultados del estudio, transgredidos en un subproducto divulgativo de nota de prensa y en algún que otro reportaje con licencia literaria incluida, adquirió rango de autoridad y su generalización adquirió una forma acertada de hoax, de falsa creencia; Y sin embargo, se tomó por acertado: escuchar música clásica desde los primeros días de vida incrementaba no sólo nuestra percepción espacial, sino además el intelecto de las personas y, especialmente en los cerebros en desarrollo de los recién nacidos.


Reportaje sobre el ensayo Rauscher-Shaw en "The 
San Francisco Chronicle", en octubre de 1993.


Para muchos padres no conscientes de la verdadera naturaleza del estudio, esta creencia inconsciente fue la más anhelada muestra de distorsión de mensaje por transmisión social que por otra parte jamás hubiera soñado el hoy conocido como marketing viral: sus hijos al fin podrían disfrutar de una ventaja cognitiva tan sólo en el hecho de llevar a cabo algo tan sencillo y cómodo como “darle al play” de sus equipos de música. Por supuesto que deberían poner en práctica otras recomendables estrategias de estimulación sensorial y de conocimiento con sus retoños; pero para ir empezando, como declaración de intenciones y para reducir la tensión con su compromiso por responsabilidad neoparental, no estaba mal. ¿Quién podría culparlos?... al fin y al cabo todos queremos lo mejor para nuestros pequeños. De tal modo que era sencillo dejarlos convencerse por sí mismos de cualquier atisbo informativo o recomendación que se promulgan en los medios en relación a su bienestar y el de los más pequeños. Y la industria discográfica y la del niño, atisbó ésto desde un principio.




Y eso fue exactamente lo que pasó. Muchos llegaron a convencerse en cierto modo que la simple clave para un nuevo desarrollo intelectual se encontraba en algo tan accesible, familiar y cotidiano como un viejo álbum de música clásica. Los viejos discos habían estado allí desde siempre, formaban parte de los recuerdos de tardes de nuestra infancia compartidas con nuestros abuelos y padres y hoy quizás sobrevivían arrinconados en cajas de trasteros o buhardillas. Pero la contemporaneidad los desempolvaba y nos los trasladaba a nuevos escenarios.



                          La replicancia de producto "Inteligencia-Mozart"
                     fue consecuencia de su demanda socialmente construida.





Así fue como la actividad comercial quiso adivinar esta tendencia y sacarle provecho. Tiendas para bebés que recibían a los padres con hilo musical clásico; CD´s anexos por la compra de periódicos o revistas a modo de obsequio o precio accesible; colecciones enteras de CD´s clásicos que venían con la compra aplazada de equipos de alta fidelidad e incluso tiendas como las de discos ya prácticamente desaparecidas de nuestro ecosistema urbano, fueron la base de un nuevo canal o estrategia de comercialización frente a la música ligera. Llegó a transgredirse incluso en un soterrado producto electoral. Los políticos también se subieron al carro. Estados como Georgia o Texas con sus senadores y partidas presupuestarias en cultura a la cabeza, lo incorporaron como medida administrativa aplicada (regalaron CD´s o cassettes a los padres de neonatos que los solicitaran). El estado de La Florida y también el de Nebraska dieron instrucciones y presupuestos a sus guarderías públicas para que se escuchara de nuevo a los clásicos. La idea del revival fue aplaudida por otras administraciones, ayuntamientos y condados de toda Norteamérica. Y de ahí, su salto a Europa inundando a todo el continente de esta tendencia.


Gama de productos distribuida por Donald Cambell.


  Cabe incidir en que lanzamientos editoriales adecuadamente oportunos como el de Don Campbell, en 1997 (titulado con buena lógica práctica “El Efecto Mozart”), ayudaron y mucho. Fue best-seller y estuvo colgando de las listas de ventas norteamericanas durante largos meses. Con su publicación la industria cultural anglosajona abrazó definitivamente el fenómeno “inteligencia-Mozart”. Y todos ellos, padres, administraciones, establecimientos comerciales y de esparcimiento, centros infantiles y editores de revistas y periódicos, salieron beneficiados del efecto placebo que les proporcionaba a los consumidores. Por extensión, en Occidente se popularizaron además los programas de televisión, especialmente infantiles, destinados a los conciertos. El “Concierto de Año Nuevo” de Viena, que nunca despertó interés alguno entre los directores de contenidos comerciales, se volvió de consumo “cool” en amplio espectro de las parrillas televisivas, cuando jamás ninguna cadena lo demandaba; y bandas internacionales de heavy metal y rock duro, “Metallica” entre otras, descubrieron la música sinfónica y dieron un nuevo enfoque interpretativo a su repertorio de masas. Otros artistas animados por sus casas discográficas también se aproximaron a esta corriente mainstrain. Y así fue cómo se terminó de definir la construcción social de un producto comercial que se mantuvo en auge durante al menos una década.



Las compañías editoriales y discográficas vieron en 
el formato sinfónico de música una oportunidad para su soporte. 

Abajo, diagrama de flujos múltiples de dispersión diseñado 
por "LinealCero" en el que se interpreta la construcción 
social de un producto en base a una "trending news".
Incluye los medios, los prescriptores sociales,
el boca a boca y la masiva afluencia a las tiendas. 





Rauscher y Shaw se mostraron enérgicamente incómodos por el tratamiento acientífico de este  fenómeno ya tan popular como descontrolado, desde sus primeras manifestaciones y desde un primer momento. En realidad temían que pudiera afectar a sus respectivas carreras y a su credibilidad como científicos. Y, antes de todo, al ensayo mismo. La misma profesora de psicología se esforzaría en sus conferencias y clases por desligarse del fenómeno, asegurando que escuchar a los autores clásicos no tenía más que un efecto fronterizo o liminar sobre la escala de Standford-Binet (la que nos “mide” el coeficiente intelectual), como desde un principio se dijo. Se trataría, en todo caso de un estímulo químico neuronal de baja intensidad como el que sienten, dicho con toda cautela, los fumadores cuando aseguran que la inhalación de nicotina les ayuda a pensar o estimular el orden de sus ideas. Musicólogos como Susan Andrews y Billie Thompson ayudaron a esclarecer la postura sobre la que se asentaba el estudio. Llegaron a publicar incluso un ensayo crítico llamado “Apuntes históricos sobre los efectos fisiológicos de la música: Tomatis, Mozart y Neuropsicología”.


Por su parte Shaw se declinó por volcar todos sus esfuerzos defensivos sobre los medios. Acudió a ellos para asegurar que el estudio-ensayo Rauscher-Shaw estaba malinterpretado o en el peor de los casos completamente fabulado desde su origen divulgativo en los mass-medias: una cabecera de tanta resonancia entre los propios medios como “The New York Times” fue el primero en 1993 en dar forma a una interpretación sesgada de sus posibles aplicaciones prácticas. Empezó por él. Pero mientras que el prestigio de los periódicos y medios de comunicación seguían indemne, el suyo, el de Shaw, se mantenía cuestionado: se daba a entender que, junto a su colega, él era el científico que descubrió que Mozart podría transmitir a través de su musical obra su propia genialidad a los más pequeños. Pero Shaw no se veía así mismo como un alquímico. Ni mucho menos un charlatán. Pero como podemos llegar a entender, ya fue demasiado tarde. El fenómeno de la falsa creencia- lo que Galbraith llamara “sabiduría convencional”, cuando el pueblo acoge la creencia y tiene que ser encajar sí o sí en los mapas mentales- ya estaba más que consolidado.

Otra ciencia, la del marketing, olvidando los detalles decisivos, ya hizo amortizable su propio trabajo de investigación: la de ventas. Las expectativas creadas en torno al producto, además, dieron lugar a múltiples externalizaciones positivas de consumo derivadas del producto como efecto placebo. Por efecto contagio más bien llegó a establecer incluso una corriente de aplicaciones paralelas a la misma tendencia: breve meses después de salir a la venta el libro de Campbell, el metro de Londres experimentó para reducir la violencia y los delitos en sus andenes y vomitorios difundiendo por su megafonía sinfonías de Bach, Beethoven y, por supuesto, también Mozart. Al metro se les sumó las estaciones de trenes y recintos penitenciarios. Las grandes superficies tampoco dejaron pasar de largo la oportunidad de asociarse a la tendencia y retomaron de nuevo también una línea de investigación hasta entonces poco madurada: cómo potenciar sus estrategias de marketing ambiental mediante la sugerencia de estados de ánimo a través de difusión de hilo musical: ritmos de músicas más acelerados en su sala de ventas podrían potenciar el impulso de compra en el cliente; melodías más suaves y mitigadas, invitar a permanecer más tiempo en la tienda, entre los pasillos y lineales del híper, y ayudar con ello a un carrito más abultado. Entre los directivos de grandes superficies aún está tan arraigada la idea que no se cuestiona, pero tampoco se ahonda en la certeza de su efectividad: ¿quién se atreve a quebrantar el mito?.

A pesar de su persistencia, las compañías del "grand retail" no han 
logrado demostrar que la música influye en los comportamientos de compra.


Pasada algo más de una década tras la publicación del ensayo, una vez agotado el filón comercial -o aún no, dada que la falsa creencia persiste hoy, tenaz- y para resolver definitivamente todo el entuerto del “efecto Mozart”, tres profesores del “Instituto de Investigación de Psicología Básica”, curiosamente, de la Universidad de Viena, decidieron en 2010 reproducir de nuevo el experimento tal como lo llevaron a cabo Raucher y Shaw. Jacob Pietschnig, Voracek Martin y Anton K. Forman retomaron el ensayo científico y revelaron posteriormente que en sus estudios las composiciones de su ilustre compatriota no reflejaron cambios significativos en la capacidad de cognición ni intelectiva de los sujetos sometidos a la reproducción del experimento de Rauscher-Shaw. Tan sólo acaso una mayor destreza. Junto al mismo Shaw, Pietschnig quiso cerrar definitivamente el debate: escuchar a Mozart es del todo recomendable: estimula ciertas áreas neuronales de nuestro cerebro; pero entre los factores que incrementan la capacidad intelectiva, nuestra capacidad de hacernos más inteligentes, escuchar la música del compositor austriaco o de cualquier otro autor-incluso de Salieri- desde un CD no es vinculante. Mozart nos puede hacer más cultos o refinados, pero nunca más inteligentes. Tras este nuevo ensayo científico, Shaw cerró el círculo de su infamia y se desvinculó definitivamente de la controversia.


La doctora Frances Rauscher, en su laboratorio.
Bajo estas líneas, notas que se tomaron durante
el ensayo científico que practicó junto a Shaw. 



¿Y, de Donald Cambell, qué fue?. Bueno, aunque éste fue el más listo, más allá de su momento álgido, de su halo mediático, poco más se supo de él salvo que murió en 2012 a los 65 años tras embolsarse una importante cantidad de dinero dirigiendo una distribuidora...¡¡de discos y libros sobre Mozart!!. Quedó claro que Campbell nunca destacó como musicólogo, que era su verdadero oficio; pero demostró tener una gran visión empresarial sobre la materia, algo muy valorado por la cultura USA. ¿Y de toda una generación de recién nacidos que crecieron escuchando a los clásicos, qué se sabe?. Pues hay de todo, pero gran parte de ellos hoy destacan por ser cultivados mileuristas, del mismo modo que los son aquellos que no crecieron al compás de sus sonatas o sinfonías. Como bien nos hizo saber al respecto de todo esto la divulgadora Sandra Aamodt: “Si bien ponerles música clásica a tus críos no los hará más emocionales o inteligentes, hay una cosa que sí lo hará: que toquen la música para ti. Llenar de música tu casa puede mejorar sus procesos interactivos, con tal que no sean meros consumidores pasivos de sinfonías, sino productores involucrado de ellas”. En efecto, tocar música para uno, para mamá o bien para un conjunto de otros, especialmente si es en compañía sintónica junto con otros niños, ayuda a los más pequeños a desarrollar sus dotes de comunicación social, de incremento de valor intelectual añadido y de trabajo en equipo; lo que hará de ellos importantes agentes de desarrollo futuro para su comunidad y para el crecimiento armónico de sus futuros retoños. Y, honestamente, qué mayor inteligencia que ésa.

                                



Los 3 Tenores: ¿la chispa del "Mozart Effect"?.



Julio de 1994. Estadio de los Dodger, en Los Ángeles. Concierto de Clausura de los Juegos Olímpicos celebrados en la costa californiana. Fue uno de los actos, incluso entre los deportivos, más aplaudidos de aquellas olimpiadas. Y, sin embargo los factores que llevaron a cabo el resurgimiento de la música clásica y la ópera, como todos los sociólogos saben a la hora de enfrentarse a cualquier análisis de fenómeno social, no deja de ser producto de múltiples interacciones causales, sociales y simbólicas. Y puede que “Los Tres Tenores”, aquella calurosa noche, iniciaran la consolidación de una tendencia que pocos meses antes la prensa calificara como "efectos beneficiosos de los clásicos sobre la inteligencia de todos los hombres", el conocido como “Efecto Mozart”. Años antes Sinatra -del que el trío tenor llegó a interpretar una pieza como homenaje a la cultura musical local- había enarbolado un grito de nostalgia revival reventado las listas de ventas de medio mundo con su producto sinfónico: “Duets” y "Duets II".


Qué efecto pudo tener la música lírica de Pavarotti, Carreras y Domingo sobre el fenómeno de popularización y ventas de la música de cámara y telón a partir de entonces, nunca quizás se llegue a saber. Pero tal y como entonó el diario español “El País”, en aquel entonces: “La música clásica (o, mejor dicho, su relación con el público) habría cambiado para siempre”. Según los críticos musicales del periódico madrileño “se había inventado un género nuevo: la clásica pop”. Lo que no sabían concretar exactamente es si se había llegado para quedarse definitivamente, como parece que no pudo conseguir un precedente patrio: el director de orquesta español, Luis Cobos.


 Pero ocho millones de copias sólo vendidas en el periodo que fue del concierto de los tenores bajo el manto de estrellas californiano hasta el periodo de navidades y Reyes, en tan sólo seis meses, debió callar muchas bocas. Y abrir otras… al canto. Cuartetos construidos ad hoc como “Il Divo”, los “Tres Tenores Chinos” y otros más naturales como Andrea Bocelli y hasta una Sarah Brightman que apenas conocían los suyos, enterraron definitivamente los “unplugged” e indicaron el camino de salida al rock distorsionado, al tradicional y al metal. El rock estuvo hibernado como corriente y paradigma de la música popular al menos una década. Por otra parte, la tendencia a poner atención comercial sobre la música clásica parece que dio visibilidad social a que terapias como las de Tomatis o ensayos científicos como los de Rauscher tuvieran a estos fenómenos científicamente en cuenta. Pero nunca sabremos si Frances y Gordon ayudaron, más que poner en la picota o cuestionarlo, a desarrollar el fenómeno “inteligencia Mozart”. Lo que sí quedó patente es que la música clásica jamás gozó de tanto popularidad. Ni tan siquiera hoy, cuando más fácil es acceder a ella mediante las plataformas virtuales de dispensación de músicas y vídeos.