sábado, 14 de enero de 2012

El coste emocional (I).

Las grandes metrópolis implican para sus ciudadanos un menor poder adquisitivo pero una mayor concentración de ventanas de oportunidad. La decisión de residir o no en ellas depende de decisiones racionales, entre las cuales se encuentran las emocionales.

Víctor G. Pulido. En SeePark Resort, Kirchheim, a martes día 10 de enero de 2012.


Dedicado a Sara, para que soporte el coste emocinal de estar lejos de su madre.



Se sabe que el dólar no posee el mismo valor en Nueva York que en cualquier otro lugar del mundo según el cual se emplee como medio de cambio. En la ciudad de los rascacielos la unidad monetaria norteamericana está simplemente devaluada. Para que nos entendamos: millones de neoyorquinos tienen que trabajar más para poder acceder a los mismos recursos de mercado, al margen de su calidad, que cualquier otro residente en territorio USA. Al menos eso es lo que asegura Daniel Gross tras estudiar los diferentes parámetros de coste-valor en la Gran Manzana en comparación con otras ciudades estadounidenses. Basado en el aún poco conocido “Índice VNYD” (Value of New York Dollar Index), algo así como una especie de “Índice Big Mac” monetario local, Gross determina que algunos costes a ambos lados del Río Hudson se elevan por encima de su media nacional. Efectivamente, los precios reflejados por el mercado inmobiliario de esta celuloide urbe son, sin duda, superiores respecto a otras ciudades americanas donde el salario medio real es idéntico o similar. Y la cesta de la compra, el transporte o los impuestos municipales, no le van a la zaga: para más pesar, resultan para el newyorker los más elevados de todo el nuevo continente. Para hacernos una idea numérica de todo ello, Gross cotiza el dólar neoyorkino a un valor real de poder de adquisición que equivaldría a unos sesenta y un centavos de dólar americano. En definitiva: el coste de la vida allí es mucho más caro para sus residentes que para los mismos que habiten en cualquier otro rincón del planeta.


  Según Harford, el verdadero poder de compra de un neoyorquino medio es aproximadamente ¾ partes de su valor nominal de salario.
En la estela, Ed Glaeser va más allá y sostiene que de este particular fenómeno inflacionista asociado a lo local no escapa nadie, no es sólo propio de la NYC, sino que responde a un patrón universal de tendencia. La conclusión desemboca en la ley según la cual los grandes núcleos metropolitanos, indistintamente que sean el D.F. o Moscú, da igual que se trate de L.A. o El Cairo, Londres o Johannesburgo, devalúan el poder adquisitivo de los salarios medios y bajos para un mismo nivel de capacidad de renta disponible en comparación con ciudades vecinas de menor densidad urbana (Monterey, San Petersburgo, San Francisco, etc). Y éstas a su vez replican el mismo fenómeno con respecto a ciudades de densidad media próximas y así sucesivamente hasta estancarse en los municipios de tamaño medio-inferior. Ello se debe a que la actividad económica tiende a concentrarse en los nodos sinérgicos, ya se sabe, “dinero llama a dinero”. Y, de este modo, aunque bien es cierto que se reducen los costes de escalas, se elevan los especulativos. Ahora bien, y aquí radica la cuestión: si las grandes ciudades son agentes devaluadores de nuestro poder adquisitivo real, ¿qué es lo que tienen de virtual o intangible las metrópolis como para retener a tanta gente dentro de ella?. Tim Harford, del “Financial Times”, nos da una respuesta: la experiencia sociocultural, la absorción de innovación y el intercambio de conocimientos que dan lugar estos espacios es la recompensa inconsciente por la pasta palmada. Tanta gente no puede estar equivocada: las grandes urbes tienen necesariamente que ofrecer algo que el dinero no pueda restituir, algún éter que posea aún más valor que la pérdida adquisitiva por devaluación.

"Central Hotel", en pleno centro del distrito de Offenbach, Frankfurt.

En efecto: Gross, Glaeser, Hanford y alguno más que se me pudiera escapar seguramente puedan explicar por qué las gentes, incluso algunas ingentes con recursos escuetos, prefieren quedarse a vivir o permanecer en las grandes ciudades a pesar de que estas les resulten ostentosas. De hecho no hace falta nada más que darse un garbeo por los supermercados “Lidl” de barrios o distritos tan singulares entre sí como Feyenoord, Tetuán u Offenbach para toparse con inmigrantes de todo color multiétnico y ámbito geopolítico o de nacionalidades, entre los cuales me incluyo. Pero ni aún así Gross ni Harford pueden explicar todo lo contrario: el porqué de conjuntos de personas que no responden a esta compensación invisible que ofrecen las megaurbes y terminan huyendo de ellas tras un tiempo. No encuentran respuestas a la alta rotación residencial que sufren las grandes capitales. Quizás, sólo quizá y descorazonadoramente para Tim, es que algunas personas no encuentren nada de beneficioso en ellas para sí mismas. El mismo Harford, en este sentido, reconoce abiertamente que muchos de los neoyorquinos no disfrutan de las ventajas vivenciales que ofrece la City o Manhattan por falta de tiempo o, imperiosamente, porque no les llega el dinero (es infrecuente encontrarlos en Broadway o algún restaurante céntrico que difiera sustancialmente de los que se encuentran es sus municipios de origen). Con lo cual el aspecto cultural de conocimiento o de “experiencia fundamental” a mi entender, aunque sin perder su entero protagonismo, pasa a un segundo plano o bien pierde la dominancia que se le pretende dar. Mi explicación prefiere recurrir a hipótesis más clásicas como que las ciudades, debida a la concentración mercantil que dimanan, ofrecen más oportunidades a las clases pudientes, administrativas y ociosas (altos profesionales, funcionarios y estudiantes jóvenes) y mayor seguridad de empleo y mejor formación para sus hijos en las clases técnicas; eso sí, a cambio de ser más costosas y sufridas, lo que hace entender que algunos opten por dejarla atrás. Pero aún así esto no puede explicarlo todo de un carpetazo y zanjar el asunto. Tiene necesariamente que haber algo más y ese algo más se nos escapa. De momento.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Siempre es Navidad en el supermercado.

El autor, Paul Johnson*, cuestiona las corrientes sociológicas que asocian consumo y clase con determinismo de compra y libertad de elección efectiva y asegura que el supermercado colapsa esta presunción al implicar el mayor fenómeno demomercadológico del siglo XX. La democratización del consumo supone la verdadera liberalización, estampa postal y escenografía dickensiana de nuestra sociedad postmoderna.




 Las revistas de sociología suelen analizar los supermercados para exponer opiniones izquierdistas. Hace poco leí en una de ellas un artículo que sostenía que el ingreso medio de los clientes declina paulatinamente desde que abren el establecimiento a las nueve de la mañana. Los ricos pueden "escoger la hora" para comprar, así que van temprano, "evitando las multitudes y obteniendo los productos más frescos". Los pobres compran tarde, en lugares atestados, consiguen frutas y verduras vapuleadas, a veces con rebaja. Esta teoría insular se derrumba por completo si uno va a Estados Unidos. Cuando pasé un año en Washington, el hipermercado de “M Street” donde hacía mis compras estaba abierto las veinticuatro horas todos los días del año, y la única correlación que encontré entre la clientela y la hora fue que, hacia la madrugada, había más lunáticos que de costumbre. La teoría tampoco funciona en Gran Bretaña, a juzgar por mis visitas regulares a “Sainsbury's” con mi esposa Marigold. Vamos en cuanto abre, y hay personas de todas las edades, sexo, color y clase. Lo único que tienen en común es su desaliño y su impaciencia. Si el personal tarda en abrir, se reúne una airada multitud, habitualmente liderada por un comprador masculino de aquellos que la policía describe como "solitarios" y que suelen figurar en los casos de asesinato y violación múltiple. Hay también algunas mujeres hurañas y explosivas -robustas criaturas que no necesariamente pertenecen al “Club de Admiradoras de Jackie Onassis”- que aferran sus carros fieramente como si fueran a usarlos para derribar las puertas, un fenómeno que llamo la “cólera del carro”.



Un céntrico "M-Street", neoyorkino anuncia su cierre por traslado.
En la planta superior, los "M's" disponen de "dinner-coffee".


Sin duda los supermercados son una bendición. Nosotros dos podemos juntar las provisiones de un mes en menos de una hora. Pero echo de menos las tiendas que visitaba con mi madre cuando era pequeño: los olores penetrantes, los enormes delantales blancos que usaban los afables dependientes, la deslumbrante destreza con que cortaban el queso y el tocino y preparaban los pulcros paquetes que envolvían con amabilidad, mientras mi madre se sentaba en un taburete estudiando su lista. Ante todo, la conmovedora culminación, cuando el dinero y la factura viajaban por teleférico hasta la caja registradora y regresaban con el cambio en medio de un furioso campanilleo. Los niños de hoy no disfrutan de estos placeres, aunque sí de sus paseos en carro. Mi otra queja es que la taxonomía de nuestro supermercado es excéntrica, parecida a la disposición de los libros en la Biblioteca de Londres, y parece obedecer más al funcionamiento de una mente femenina que al de la mía. En vano busco “Bovril” en Salsas y Condimentos, donde debería estar lógicamente. En cambio, se encuentra en “Carnes”. Bien, dirán algunos, es un producto de carne. De acuerdo, ¿pero entonces qué hace allí “Marmite”, y ese temible favorito australiano, “Vegemite”? También tengo problemas con el almidón, que no está entre los productos de limpieza sino junto a las lacas para el cabello. Pero entiendo por qué una mujer, incluida la Baronesa Blackstone, los pondría juntos.



"Super-Deli" se caracteriza por ser una enseña orientada una
cartera de productos exigentes en calidad y cuidados pasillos.


Huelga aclarar que la lista de Marigold incluye todos los elementos interesantes, pues requieren la pericia de una especialista. Yo debo conformarme con detergentes, jabón para lavaplatos y otras cosas aburridas. Y no es tan fácil como uno podría suponer, pues ella es muy quisquillosa y explícita. Es inútil comprar detergente "no biológico automático" cuando ella quiere el "no biológico original". A veces me desconcierta la variedad. Estoy en un aprieto cuando me dicen que busque "papel higiénico". ¿Debe ser biogradegradable, ecológico, reciclado, sin cloro, o el anticuado supersuave de lujo?. Hay veces en que estudio angustiosamente los anaqueles, sus regimientos de estridentes productos envueltos en una niebla brillante. He aquí, por ejemplo, las multitudes de líquidos de limpieza con sus nombres contundentes: “Vax” , “Vim”, “Jif”, “Oz”, “Bif”, “Bam”, “Bash”, “Flash”, “Ajax”, “Wham”, “Fresh” y “Bim”, sin olvidarnos de “Shiny Smiles” y “Lime Light”. Pero lo que debo conseguir, siempre que pueda identificarlo, es “Mister Clean”, y este señor tiene además su propia familia. Desconcertado y deslumbrado, me apoyo en los anaqueles, me pongo a divagar y corro el riesgo de irme con el carro de otro, a menudo con un bebé indignado a bordo.



Muestra de Cambio Social: fotografía tomada es un autoservicio ruso del centro de Moscú en enero
 de 1990. Abajo, moderno centro comercial recién inaugurado a las afueras de la misma ciudad. 




La desconcertante fecundidad del capitalismo, en síntesis, tiene sus desventajas. Hay demasiadas opciones. Sentía esto aún más en Washington, especialmente cuando visitaba un lujoso “Hyper-Deli” de Georgetown que tiene más de ciento cincuenta clases de pan y más de doscientos quesos. No es sorprendente que los rusos, en su primera visita, no puedan creer que es real. Hace un tiempo un piloto soviético desertó para huir a Occidente con un MIG último modelo; con el tiempo lo llevaron a un supermercado de California, y pensó que lo habían preparado especialmente para él, como una aldea potemkin. La idea de que eso fuera algo cotidiano para doscientos cincuenta millones de estadounidenses le resultaba incomprensible. Los supermercados a veces me dejan atónito. Sólo la semana pasada descubrí que el ojo mágico de la caja registradora puede diferenciar entre pimientos anaranjados, verdes y rojos, y marcarlos en consecuencia. Pero, como siempre, las verdaderas sorpresas son humanas. ¿Qué lleva en su carro ese sujeto esmirriado y macilento? Pues nada menos que seis trapos, tres docenas de latas de limpiador de tuberías, una enorme torta y doce barras de chocolate. También es un solitario, o quizás un miembro de la "Familia Adams". ¿Habrá descuartizado a su esposa y va a deshacerse de los restos y celebrar un festín?. La cajera saca los extravagantes contenidos de ese cofre del tesoro sin el menor aleteo de sus pestañas postizas, y él paga con un billete de cincuenta libras. Afuera hace mucho frío, y una antigua y desgarbada figura salida de una novela de Gissing, con un aplastado sombrero de copa, toca "Blanca Navidad" en una gaita. El hombre del limpiador de tuberías le da una libra antes de cargar sus compras en un flamante Volvo. El supermercado me hace sentir como un personaje de Pirandello, incapaz de distinguir entre ilusión y realidad: ¿el mundo real está dentro de la reluciente tienda, o en la fría acera? ¿Y habrá supermercados espirituales en el cielo?.



      Paul B. Johnson.

Paul Johnson nació como Paul Bede Johnson un dos de noviembre, el de 1928, en un lugar llamado Mancherster, Inglaterra. Como fue un poco de todo (escritor, historiador, crítico literario y de arte, periodista, etc.) a todos los efectos se le considera ensayista. Pero lo que sí es tangible es que se licenció en Historia por la prestigiosa Universidad de Oxford bajo la tutela del célebre historiador A.J.P. Taylor. Desempeñó posteriormente como voluntario el servicio militar a la orden de su Majestad en la colonia real de Gibraltar en los primeros cincuenta, adoptando una postura crítica contra el mismo vecino régimen franquista al que en los posteriores años del desarrollismo español aplaudiría. Nada insólito, pues como buen católico británico este joven corresponsal de la revista crítica francesa “Realités” estuvo pendulando ideológicamente a lo largo de su trayectoria intelectual deslizándose de un lado y otro del telón de acero. Con el paso de los años y las obras publicadas terminó consagrándose como un ensayista liberal británico muy respetado por el laborismo y venerado por el vetusto conservadurismo londinense. No en balde su título “Tiempos Modernos” intentó reconciliar las distantes disciplinas políticas a través de la sincretización de las posturas comunes existentes entre ellas desde el fin de la Gran Guerra hasta la crisis del Yom Kippur. Admirador confeso de Marx y Sartre (aunque denunció sus excesos mundanos), el hoy columnista habitual de los semanarios políticos del Reino Unido y de la prensa inglesa aún arrastra cierta aureola de crónicas de espías desde que en 2006 el Presidente George W. Bush sorprendiera a propios y extraños condecorándolo con la máxima mención civil de los Estados Unidos: la Presidential Medal of Freedom. Él define la visión que de sí mismo tiene desde un punto de vista vivencial del siguiente modo y reflexión: “… nunca he tenido coche, ni mi cuenta ha estado en números rojos: no he dado cheques sin fondo ni he comparecido ante un tribunal: jamás he preparado un asado ni he utilizado una lavandería automática; nunca he cambiado pañales ni siquiera para Annabel; no me he alojado en el “Capriani”; no he cenado en Maxim’s; no he pescado ningún pez, ni cazado ningún zorro, ni he perseguido ningún venado; ni siquiera he aplastado una araña, aunque una vez amenacé a una tarántula en Recife. Por otra parte, tuve una hija; escalé el Matterhorn; pregunté a Kerensky por qué no mandó fusilar a Lenin; fumé puros con Sibelius y Castro; nadé en el Mar Caspio y en el Lago Titicaca; enfadé a De Gaulle, conmoví a Churchill e hice reír al Papa: charlé con Ava Gardner; eso sí, maté a un oso finalmente. Estuve en el lugar desde el cual dispararon al Archiduque Francisco Fernando y pronuncié una conferencia desde el escenario donde Herzl fundó el sionismo,…”. (Víctor G. Pulido).



martes, 25 de octubre de 2011

Halloween, hipermercados y flores de colores.

“Halloween” representa sin duda la última de las temporadas incorporadas a nuestros hipermercados. En este relato costumbrista, nostálgico y autobiografiado, el autor se recrea en rememorar del pasado y revivir en el presente las tardes de sus vísperas de difuntos y todos los santos.

Francisco G. Núñez, para "LinealCero". En Cáceres, a 20 de octubre de 2011.


A Juan Antonio Fajardo Palomino, joven amigo, in memoriam.



Flores de cempasúchil a los pies de la tumba y fotos alegres del fallecido bajo su epitafio. Calaveras de azúcar, agua, sal y velas; ofrendas de comidas y bebidas adornan los altares y esquelas para ofrecer al familiar o amigo sus más apegados en vida placeres terrenales. Ojalá tuviésemos un sentido tan optimista de la muerte como tienen los mexicanos, con esa variable sincrética donde el cristianismo se muestra permeable a las creencias precolombinas y surge la festividad fúnebre. Porque sus pautas y ritos postfunerarios representan la celebración del reencuentro, el baile y la comunión con los seres queridos que nos esperan en el más allá. Incluso entre la actual comunidad descendiente maya de Pomuch, en el Estado de Yucantán, los vecinos exhuman a sus seres queridos, limpian su esqueleto y los sientan a su vera durante el festín. A esta cita con el almanaque no se la conoce como “Halloween”, que no es otra cosa que su naturaleza postmoderna, sino como la “Fiesta de los Muertos”. Al contrario que en el sur de Europa, en ella no cae ni una sola lagrima que no sea de alegría.



Adoración de los muertos en Pomuch.

Este vitalismo transmitido a las almas mediante un ritual de festividad neocristiano también fue adoptado por la cultura decimonónica norteamericana; la influencia lúdico-funeraria, a falta de una cultura predefinida de los primigenios gringos, les llegó en algún momento del pasado desde el norte de Méjico Federado hasta el sur de los Estados Unidos. Por una parte, cuando los mejicanos aún eran una potencia cultural y comercial y extendían sus costumbres autóctonas a los nuevos estados vecinos. Por otro frente la diáspora céltica que desembarcaba en Brooklyn y que hizo el resto cuando supuso una extensa facción de mano de obra. Así nació Halloween, bajo la síntesis de sincretismos encontrados; o bueno, para hacernos entender, de este modo fue tomando forma en el tiempo. Y forma tomó, sin duda. Porque hoy se ha convertido, desde el nacimiento del nuevo milenio, en una fiesta occidental secularizada que va desde Los Ángeles a Tokio.



"Halloween Parade" en Tokio, por supuesto.


Acabando el discurso etnológico, tengo que insistir en que Halloween no es una liturgia actual, como hemos visto. De hecho, cuando yo era crío ya existía Halloween, claro que sí, sólo que en Estados Unidos. Era algo que celebraban los “teleñecos” de Jim Henson al borde de las navidades y posteriormente, en mi adolescencia, “The Simpsons”, cuando aún los dibujaba Matt Groening. Sin embargo para nuestra cultura, o al menos para la que prevaleció para nuestros vivos y muertos durante nuestra infancia, por desgracia la fecha representaba la guadaña, el transcurrir del tiempo, todo aquello que nos invitaba a acostumbrarnos a quedarnos sin partes tangibles de nuestro pasado. Para lo que un niño americano suponía una fiesta infantil para uno españolito, camisa de “Naranjito” incluida, implicaba una tarde de hipermercado sobre fondo gris. Mis días de santos y difuntos eran lienzos de trazados claroscuros. Se limitaban a acompañar a mis mayores a recorrer lineales para la compra de cirios, velas, paños de limpieza, tijera podadora y algunas flores o pequeños maceteros. Y todo en silencio, por supuesto, no ingeniaras ninguna payasada como respuesta emocional al tedio, que ostia que comulgabas. Y a golpes de silencio y rezos es como mi generación fue ignorando este día feriado, a veces encarnado en un “puente” gris y anodino. Hoy puede parecer exagerado cuando la gente lo utiliza para pasar unos días en Brujas, Bruselas o Ámsterdam, pero por entonces eran días de misa, recogimiento familiar y silencio, sobre todo en los pueblos y pequeñas ciudades de interior. Sorprendentemente, para los países euromediterráneos, en la actualidad la concatenación de muertos y santos como onomásticas grises se ha transmutado mediante estrategia, de una tradición funesta a una lúdica y comercial.


Calaveras de azúcar y mazapán, típica
golosina mejicana de noche de difuntos.

A pesar de ello, el día de los difuntos sigue siendo hoy para mí un día de hipermercados. No comparto el ceremonial del camposanto, de la romería sigilosa de mis mayores hacia la entrega floral en lápida. Tampoco el hecho de salir disfrazado ni maquillado para hacer el fantoche o maldecir la algarabía de los críos. Porque para mí pasar estos días rumiando el sollozo o bien implicándome en ese vitalismo fúnebre heredado de entre unos y otros no me parece que tenga mucho sentido, no casa con nada que no sea lo tétrico o lo bacanal. En esta mezcolanza de creencias, lágrimas y duelos o bien batido lúdico de rituales postmodernistas sobre un mismo fenómeno, que es el de la muerte, uno ya no sabe a qué atenerse. Ahora bien, ante ello me descubro como un hombre sin tradición de muertos propia, un desarraigado de la generación perdida de la víspera de difuntos. Simplemente soy de la generación del hipermercado, de la generación del consumo doméstico, no tanto lúdico. Como consecuencia, en lo que normalmente malgasto el “Día de Todos los Santos” es en dormir la mona de Halloween, pero el año pasado, vista la ausencia de eventos interesantes para mi generación (y vista la creciente plaga de gente -sobre todo criaturitas- disfrazada para la ocasión) opté por quedarme en casa, madrugar y dedicar el día a mis menesteres de hipermercado. Me gusta pasear durante ese día todos los años y ver cómo han evolucionado, intuir como el comercio lo envuelve todo, hasta la misma muerte.


Pasillo del Halloween en un "Toys'r'us" danés.

Si las culturas se globalizan por efecto de la transmisión de los medios de comunicación y del espectáculo, el comercio le sigue, lo mediatiza: hace apenas dos décadas un hipermercado no tenía más de seis o a lo sumo siete campañas (a saber, navidad, reyes, enamorados padres y madres, verano, vuelta al cole y poco más). Hoy la cultura de culturas metadimensiona el lineal y lo somete a un estrés cíclico cotidiano, continuo y muchas veces pasado incluso de revoluciones. Porque cualquier evento alcanza el grado de sustanciabilidad y se reclama su propio protagonismo, su propia temporada de ventas. Cualquier cosa es campaña ya. Raro es el jefe de sector o de producto que no se ha montado acaso su propio engendro: la imaginación al poder, creatividad de campaña para todos ellos. Víctor nos cuenta en este mismo blog (octubre 2010), sin pudor, como en pleno Halloween dio una patada a las calabazas y se metió de lleno en una temporada que giraba en torno al ritual de matanza de cerdos para un hipermercado enclavado en una comarca agroganadera (sospecho que pudiera ser para Leclerc en alguna de sus tiendas en Extremadura).


Diversos productos y lineales de Halloween (imágenes cedidas).


En este sentido, lo pude comprobar como vendedor, el cliente siempre te sorprende: responde a tus inventivas; cuando piensas que con un producto puedes llegar a fracasar vas, y aciertas. Por eso alguien ideó, en alguna centuria cercana, un esqueleto de trapo o algún pijama macabro y al comercializarlo triunfó más que la Lady Gaga en un fiesta de disfraces en Zamunda: paseando entre reponedores observo los esqueletos de plásticos y los disfraces de estructura ósea: me imagino que su emulación, se creación como producto y origen, se debe a que los primeros colonos protestantes nunca tolerarían a sus pequeños la costumbre indígena tex-mex de desenterrar a sus propios muertos y profanar sus almas. Un pequeño juguete y así se dejaban de remover huesos y tierra. Lo de las calabazas no lo tengo tan claro, quizás algún yanqui excedente agrario.



Kit fúnebre para el día de difuntos,
en el otoño nipón (imagen cedida).

Ya los híper venden hasta flores. Claro, un buen comerciante sabe que consumes hasta después de muerto. “Verdecora” y “Fronda” se visten de luto de colores, pero sin ellos y otros puestos muchos cementerios como “La Almudena”, el más extenso y habitado de Europa, seguirían siendo gran manto marmolado. Las grandes superficies y el comercio en general desde el diseñador del producto, caso que lo hubiera, hasta el pequeño comerciante pasando por los múltiples intermediarios y fabricantes, tienen la virtud no sólo de hacer vendible cualquier cosa que sea objeto de materializarse en objeto, todo aquello que devenga en artículo de venta, sino lo que entraña la fenomenología del mismo. No sólo lo concibe como tal para cualquier cosa, sino en cualquier fecha, en cualquier lugar del mundo y para cualquier persona ser o ente. Halloween como paradigma es el preludio de la Navidad, su ensayo, su precalentamiento. De entrada los diversos productos relacionados con la secularización de vivos andantes y muertos vivientes son el inicio de la precampaña de juguetes. El día dos retirarán calabazas poseídas y disfraces de esqueletos y empezará a llenar las baldas de artículos de "Reyes". Pero lo más interesante de esta campaña es la intencionalidad subterránea que esconde: los gerentes a través de la juguetería y dulces de “todos los muertos” evalúan la demanda inmediata de otros productos similares como turrones y juguetes. Los productos de Halloween constituyen un buen indicador de ventas para los grandes almacenes, adivinan las tendencias de consumo estimadas para Navidad y ayuda a los jefes de adquisiciones a calibrar las compras mayoristas de las tiendas a corto plazo. Como muestra un botón: en año de elecciones presidenciales, en los Estados Unidos, puede saberse con antelación que candidato habitará la Casa Blanca a través del análisis de ventas de mascarillas de Halloween con las caricaturas de sus candidatos. Las grandes superficies cuánto dinero podrán llegar a facturar durante la temporada final.



Sea como fuere, lo que está claro que el hipermercado cobra vida con esta festividad invasiva, profana, devuelta a la vuelta de la historia por los posos culturales que nuestros antepasados polimizaron en otras milenarias (o recién nacidas) civilizaciones. Nadie niega que la muerte se convierta en fiesta y homenaje o al menos que te la vendan como tal. Una vez que he fagocitado que forma ya parte de nosotros, el deceso, me cambio de sección y me pongo a derrochar un poco de pasta, que nunca viene mal. La curiosidad por visitar el lineal de calabazas va a conseguir que le facture al coordinador de librería, todo está pensado. Me dirijo al electro y me pongo a revisar músicas y comics. Es como visitar ciertamente tumbas, porque los productos culturales que revisito son tan viejos como mis duelos. Entre mis derroches más imperdonables, a modo de homenajes, está la adquisición (por tercera vez si contamos con los cassettes y las primeras ediciones en compactos), de mis muertos favoritos. Ya no sé cuantas veces los han resucitado por vísperas de todos los muertos, precampaña de Navidad, el comercio las ediciones renovadas de "Mortadelo y Filemón". Capaz con su sólo deseo de reinventar los mitos, hacerlos revivirlos, el márketing de sala me devuelve al pasado al ponerme frente a frente con álbumes de “Dinarama” y “The Cranberries”, como si el título de sus carátulas y trabajos fueran sus eternos epitafios. También los primeros de Joaquín Sabina reeditados para la "Fnac". Dejo para otro momento de despilfarro inconsciente de otras reediciones también de dudosa necesidad como la de mi grupo favorito de todos los tiempos, los “Héroes del Silencio” y que tarde o temprano terminaré comprándome por tercera vez. Y es que el comercio no sólo hacer revivir a los muertos como consumidores, sino que hace que los vivos saquemos a pasear también a nuestros "crionizados" y recordemos, junto a ellos, los buenos momentos que pasamos todos juntos, junto a los que ya no están. Uno de ellos eres tú, Juan, con "Siniestro Total".